LOS “FARAONES” DEL SIGLO XXI


El relato que aparece en el capítulo 7 del libro de Éxodo no es una pieza arqueológica reservada para creyentes practicantes, teólogos o historiadores de la religión. Es un texto profundamente humano que, leído con atención y sin prejuicios, ofrece una radiografía cruda y vigente del poder cuando este se ejerce sin límites, sin rendición de cuentas y sin referencia moral superior. No pretendo en esta columna hacer un análisis técnico del libro de Éxodo ni una exposición académica extensa, pero sí considero necesario ofrecer a quienes nunca han leído este texto una base mínima para comprender por qué esta historia sigue incomodando y por qué continúa siendo sorprendentemente actual.


Éxodo narra la historia de un faraón egipcio que oprimía a un pueblo específico: el pueblo judío. Este pueblo, desde sus orígenes, ha sido monoteísta, es decir, cree en un solo Dios por encima de todas las cosas y de todas las autoridades humanas. Los egipcios de esa época, en cambio, eran politeístas: creían en múltiples dioses que representaban fuerzas de la naturaleza, el poder, la fertilidad, la guerra y la prosperidad. El faraón, además, no solo gobernaba en nombre de esos dioses, sino que era considerado él mismo una figura divina. En ese contexto, el Dios del pueblo judío no era simplemente “otro dios más” en el panteón egipcio; era una amenaza directa a la estructura de poder.


El texto bíblico afirma algo que desconcierta a muchos lectores modernos: Dios endureció el corazón del faraón. Luego, el relato continúa con lo que probablemente es uno de los episodios más conocidos incluso por quienes no han leído la Biblia: las plagas que azotaron a Egipto. Para muchas personas, la idea de que Dios endurece el corazón de un gobernante resulta chocante, incluso injusta. La reacción espontánea suele ser preguntarse por qué Dios no eligió una solución más simple y menos conflictiva: cambiar el corazón del líder, evitar el sufrimiento colectivo y permitir que todo terminara de forma pacífica.


Esa inquietud no solo es comprensible, sino necesaria. Obliga a ir más allá de una lectura superficial y a comprender el contexto humano, político y social que rodea la historia. Egipto, en aquel tiempo, no era un país más. Era la gran potencia de su mundo, un imperio que concentraba riqueza, conocimiento, capacidad militar y control económico. El faraón no era un administrador temporal ni un líder elegido por consenso; era considerado una figura divina, alguien que no rendía cuentas a nadie. Su autoridad era absoluta y su voluntad se imponía como ley. En ese sistema, el sufrimiento de los más débiles no era un error ni una desviación; era el combustible que sostenía la estabilidad del poder.


Bajo el dominio del faraón, un pueblo entero vivía sometido a trabajos forzados, explotación sistemática y violencia estructural. La esclavitud no era un accidente histórico ni una anomalía moral: era el fundamento mismo del sistema. Cuando la Biblia describe al faraón, no lo presenta como un gobernante confundido o mal informado, sino como un líder que abusaba, dominaba y maltrataba, y que además rechazaba cualquier autoridad por encima de la suya. Su respuesta frente a la idea de un Dios que le exige obediencia es reveladora: “¿Quién es el Señor para que yo le obedezca?”. No se trata de ignorancia espiritual, sino de soberbia política. El faraón no acepta la posibilidad de que exista alguien con derecho a poner límites a su poder.


Por eso, el conflicto narrado en Éxodo no es una simple negociación entre un líder y un grupo de trabajadores inconformes. Es una confrontación entre dos visiones de la autoridad. De un lado, el poder humano que se absolutiza, que se cree eterno, autosuficiente e incuestionable. Del otro, Dios reclamando su lugar como Señor de la historia, recordándole al gobernante que su poder es limitado y que su autoridad no es la última palabra. El problema central no es un corazón emocionalmente duro, sino un trono ocupado sin humildad.


Cuando el texto bíblico afirma que Dios endureció el corazón del faraón, no está sugiriendo que Dios haya tomado a un hombre justo y lo haya convertido en un tirano. Antes de cualquier endurecimiento, el faraón ya había elegido gobernar mediante la injusticia. Ya había esclavizado, explotado y deshumanizado. Ya había ordenado la muerte de niños inocentes para proteger su estabilidad política. El endurecimiento no crea su maldad; la confirma. No introduce crueldad nueva; permite que la crueldad existente se consolide y se manifieste con claridad ante la historia.


Dicho de manera sencilla y accesible, la Biblia no enseña que Dios obligue a alguien a hacer el mal. Enseña que, cuando una persona insiste de forma prolongada en un camino de injusticia, llega un punto en el que Dios deja de intervenir para frenar ese proceso. A veces, el juicio más severo no es un castigo inmediato y visible, sino permitir que el corazón muestre plenamente lo que es. El faraón no fue empujado a la maldad; fue dejado frente a las consecuencias de la maldad que ya había elegido.


Esta idea confronta directamente una de las creencias más extendidas de nuestra cultura contemporánea: que todo conflicto debe resolverse evitando la confrontación. La Biblia propone algo mucho más realista y, a la vez, más incómodo. Hay sistemas tan profundamente corrompidos que no pueden reformarse con gestos suaves. Hay poderes tan comprometidos con la injusticia que no pueden “ablandarse” sin que el daño continúe. Si el faraón hubiera cedido sin que su sistema fuera expuesto, la historia lo habría presentado como un gobernante generoso que decidió liberar a un pueblo, ocultando el hecho de que su poder se había construido sobre el sufrimiento ajeno. La Biblia no busca una salida elegante; busca una verdad completa. La liberación debía ser real, no cosmética.


Siglos después, el apóstol Pablo retoma esta historia en la carta a los Romanos, enfrentando una pregunta que sigue siendo profundamente actual: si Dios permite que algunos líderes se endurezcan, ¿no es eso injusto? La respuesta bíblica no pretende tranquilizar a quien busca explicaciones cómodas. Afirma con claridad que Dios es soberano y que sus planes no dependen de la obediencia humana. Puede cumplir su propósito con o sin el consentimiento de los poderosos. Sin embargo, eso no elimina la responsabilidad moral de quienes ejercen el poder ni los protege del juicio.


Aquí emerge una verdad central del mensaje bíblico: Dios no necesita del arrepentimiento humano para cumplir sus propósitos. Sus planes son perfectos y no dependen de presidentes, reyes, partidos políticos ni imperios económicos. Dios no requiere seres humanos para llevar adelante su obra. No está limitado por la corrupción ni amenazado por la obstinación. Sin embargo, por amor y por gracia, decide involucrar a las personas en su plan. No porque le falte algo, sino porque desea compartir su obra con quienes le aman. El arrepentimiento no es un favor que el ser humano le hace a Dios; es una oportunidad que Dios ofrece al ser humano.


Esta verdad resulta profundamente inquietante para quienes se aferran al poder y profundamente consoladora para quienes permanecen fieles. El faraón pudo haberse arrepentido, pero Dios habría liberado a su pueblo de cualquier manera. La diferencia habría estado en el lugar que el faraón ocuparía en la historia. Pudo haber sido recordado como un gobernante que reconoció sus límites; eligió convertirse en una advertencia eterna. Dios siguió adelante con su propósito, pero el faraón perdió la oportunidad de ser parte de él de manera redentora.


Este patrón no pertenece únicamente al pasado. Los faraones no desaparecieron con las pirámides. Hoy existen líderes que concentran poder, controlan economías, manipulan leyes y deciden el destino de millones. Muchos de ellos se declaran creyentes, utilizan un lenguaje religioso y participan en ceremonias espirituales. Sin embargo, gobiernan con corrupción, opresión y desprecio por la dignidad humana. Algunos mezclan sin dificultad prácticas religiosas con consultas a astrólogos, adivinos o supuestos guías espirituales, buscando protección, éxito y control sin someterse a ninguna autoridad moral real.


Para la Biblia, esto no es apertura espiritual ni diversidad de pensamiento. Es idolatría. Es usar lo espiritual como herramienta de poder. El faraón también tenía religión. Lo que no tenía era obediencia ni humildad. Y esa es una advertencia directa para los líderes del siglo XXI: creer en algo no es lo mismo que reconocer límites. Invocar a Dios no equivale a obedecerlo.


La Escritura enseña que uno de los juicios más peligrosos no es la caída inmediata, sino el abandono progresivo. Cuando un líder deja de escuchar advertencias, confunde éxito con aprobación divina y poder con legitimidad moral, puede estar viviendo no el favor de Dios, sino el comienzo de su endurecimiento final. El hecho de que alguien prospere no significa que esté caminando correctamente. A veces significa que Dios está permitiendo que su camino llegue hasta el final para que quede claro a dónde conduce.


En medio de este escenario surge un mensaje indispensable para quienes deciden obedecer a Dios y mantener la fe. Ver al opresor en aparente triunfo eterno, rodeado de poder, comodidad y riqueza, puede generar una tentación profunda: pensar que ese es el camino correcto. La Biblia confronta esa ilusión con una verdad constante: el final de los opresores ya fue escrito. La historia, incluso fuera del ámbito religioso, confirma este principio. No existe un villano con final feliz. Los tiranos pueden gozar de largos períodos de gloria, pero nunca de un desenlace justo. Los imperios caen, los sistemas injustos colapsan y los nombres de los opresores terminan siendo recordados como advertencias, no como modelos.


Para quienes permanecen fieles, este mensaje no promete una vida fácil ni recompensas inmediatas. Promete algo más profundo y duradero: que la obediencia no es inútil y que la fidelidad no pasa desapercibida. “Grande será tu recompensa”, dice la Biblia, no como un eslogan ingenuo, sino como una afirmación anclada en la justicia final. La obediencia no sostiene el plan de Dios; introduce al ser humano en el plan de Dios. No es una carga que mantiene al mundo en pie, sino una invitación a caminar con Él.


Dios no necesita del arrepentimiento humano para cumplir su propósito. Pero, por amor, ofrece ese arrepentimiento como una puerta abierta. Y del mismo modo, ofrece a quienes le aman la posibilidad de participar en una historia que no termina en la injusticia ni en el abuso del poder. Los faraones pasan. Los sistemas que parecían eternos se derrumban. Los nombres de los opresores se convierten en advertencias. Pero la fe, la obediencia y la justicia permanecen.


Ese es el mensaje final para líderes y ciudadanos, creyentes y no creyentes, poderosos y anónimos: el poder sin rendición endurece el corazón y conduce a la caída. La fidelidad, aunque hoy parezca frágil y silenciosa, es la única que ha demostrado sobrevivir a todos los imperios. Y quienes deciden amar a Dios, obedecerle y caminar con Él, aun sin aplausos ni ventajas visibles, descubren al final que no caminaron en vano, porque el desenlace de la historia no favorece al opresor, sino a la justicia.

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