Jesús no fue un reflejo de nuestra promiscuidad
Defensa histórica, científica y bíblica del celibato de Cristo
Nací en Pitalito, Huila, donde viví apenas unos meses, y luego fui llevado a Natagaima, Tolima, lugar que marcó profundamente mi infancia hasta los diez años, antes de trasladarme a Ibagué para cursar mis estudios de bachillerato. El entorno social y cultural en el que crecí estaba formalmente vinculado a la iglesia católica, pero en la práctica sostenía una concepción profundamente distorsionada de la sexualidad masculina. En ese contexto, se consideraba normal, deseable e incluso necesario que un varón tuviera experiencias sexuales a temprana edad. La iniciación sexual precoz era interpretada como un rito informal de paso que validaba la masculinidad, afirmaba la hombría y otorgaba reconocimiento social. Recuerdo con claridad que, cuando tenía quince años, un amigo muy cercano me confesó que aún era virgen. Aquella confesión me produjo desconcierto, incredulidad y hasta burla interna. Lo percibí como una anomalía, como alguien fuera de la realidad, casi como un extraterrestre. Durante décadas sostuve sin cuestionamientos serios la idea de que era imposible que existiera un solo hombre sobre la tierra que no hubiese tenido relaciones sexuales, y mucho menos que alguien pudiera llegar virgen al matrimonio o permanecer célibe toda su vida. Aquella convicción se apoyaba en un razonamiento pobre, pero eficaz: si para mí era normal, si para todos los hombres que conocía era normal, entonces debía ser normal para todos los hombres, en todos los tiempos y en todas las culturas.
Con los años comprendí que esa “normalidad” no estaba fundada en la verdad, sino en el desconocimiento; no en evidencia, sino en la estrechez de una experiencia personal convertida arbitrariamente en criterio universal. Aquella certeza solo podía sostenerse en la ignorancia de la historia humana, de la diversidad cultural y, sobre todo, de la ciencia. Confundir lo habitual en un entorno con lo universal es uno de los errores intelectuales más frecuentes y más peligrosos, porque convierte la propia experiencia en dogma incuestionable.
Hace pocos días, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, afirmó públicamente que Jesús debió haber tenido relaciones sexuales con María Magdalena. La defensa inmediata de muchos de sus seguidores reprodujo exactamente el mismo argumento que yo había sostenido durante años: “eso es normal, porque todo el mundo lo hace”. Sin embargo, esa afirmación no solo es falsa, sino intelectualmente insostenible. No es verdad que el cien por ciento de los hombres que han vivido en el planeta hayan tenido relaciones sexuales antes del matrimonio. Tampoco es cierto que sea biológicamente imposible permanecer virgen o célibe durante toda la vida. La ciencia contemporánea ha estudiado este fenómeno con rigor estadístico, y los resultados desmienten de manera contundente ese mito cultural. Estudios poblacionales de gran tamaño y validez metodológica, como la National Survey of Family Growth del CDC y el General Social Survey de la Universidad de Chicago, han demostrado consistentemente que existen porcentajes significativos de hombres que llegan vírgenes al matrimonio y otros que nunca han tenido relaciones sexuales. Incluso en sociedades altamente secularizadas, una proporción medible de varones permanece célibe de manera voluntaria o circunstancial. Desde el punto de vista científico, el solo hecho de que ese porcentaje exista, aunque no sea mayoritario, destruye por completo la afirmación de que la abstinencia sexual masculina sea imposible. En ciencia, los absolutos se derrumban con un solo contraejemplo empírico verificable.
A esta evidencia se suma otro dato que el discurso progresista ignora deliberadamente: no existe una necesidad fisiológica obligatoria de eyacular. El cuerpo masculino produce espermatozoides de forma continua, pero aquellos que no son eyaculados se reabsorben y reciclan de manera natural sin causar daño alguno. La abstinencia sexual no genera toxicidad, no produce desequilibrios hormonales y no causa enfermedad. El mito de que la no eyaculación provoca cáncer de próstata carece de base causal sólida; lo que existen son asociaciones estadísticas débiles que no establecen causalidad y que están mediadas por múltiples factores de confusión como dieta, inflamación, obesidad y estilo de vida. Si la eyaculación fuera una necesidad fisiológica indispensable, el celibato masculino sostenido sería biológicamente inviable, y sin embargo la historia documenta millones de hombres célibes —religiosos, filósofos, ascetas— que vivieron con salud y longevidad normales. La biología humana, correctamente entendida, no respalda la idea de que el deseo sexual sea una necesidad comparable al hambre o a la respiración; esa equiparación es cultural, no científica.
Entonces, ¿de dónde surge la afirmación del presidente Petro? La Escritura ofrece una respuesta certera cuando afirma que “de la abundancia del corazón habla la boca”. Lo que una persona expresa públicamente revela su cosmovisión, su antropología y su sistema moral. Petro no habla desde la historia, ni desde la exégesis bíblica, ni desde la ciencia; habla desde una ideología. El progresismo contemporáneo funciona como una religión secular: posee dogmas incuestionables, un lenguaje moral propio, una antropología cerrada a la trascendencia y mecanismos de exclusión para quien disiente. Es atea no solo porque muchos de sus exponentes nieguen explícitamente a Dios, sino porque desplaza estructuralmente a Dios del centro de la comprensión del ser humano. Y es anticristiana no necesariamente por un odio explícito a Jesús, sino porque desfigura sistemáticamente su identidad, su mensaje y su autoridad moral, reduciéndolo a un símbolo maleable que debe adaptarse a la moral contemporánea.
En esta cosmovisión, el libertinaje se confunde con libertad. La antropología progresista-liberal sostiene que el ser humano es autónomo absoluto, autor de su propia moral, sin referencia trascendente, y que la sexualidad es mera expresión de deseo, desligada de finalidad objetiva y regulada únicamente por el consentimiento. No todo progresista es promiscuo ni todo liberal es adúltero, pero el sistema ideológico progresista relativiza la fidelidad, normaliza la ruptura de los vínculos y redefine el adulterio como una opción personal. En este marco, el pecado deja de existir como categoría moral y es reemplazado por expresiones como “estilo de vida”, “autenticidad” o “autoexpresión”. Desde allí se comete un sofisma evidente: si algo es normal hoy para mí, debió ser normal para todos siempre. Este razonamiento ignora el contexto histórico, la cultura, la cosmovisión y los sistemas morales distintos, y por tanto es intelectualmente inválido. Aplicado a Jesús, incurre en un doble error: anacronismo histórico y proyección ideológica.
Quienes intentan sostener la tesis de una relación sexual entre Jesús y María Magdalena suelen recurrir a textos extrabíblicos como el Gospel of Philip o el Gospel of Mary. Sin embargo, estos escritos no resisten un análisis histórico serio. Son textos tardíos, redactados al menos un siglo después de los testigos oculares; pertenecen a un género literario gnóstico, simbólico y teológico, no biográfico; reinterpretan tradiciones cristianas tempranas desde marcos doctrinales ajenos al judaísmo del siglo I; presentan fragilidad textual, con lagunas precisamente en los pasajes más citados; y, de manera decisiva, no contienen ninguna afirmación explícita de una relación sexual. Además, no existe rastro alguno de esta acusación en la tradición cristiana temprana, ni siquiera en fuentes hostiles o polémicas, donde un dato así habría sido utilizado con enorme eficacia para desacreditar al cristianismo naciente.
La defensa del celibato de Jesús se sostiene con fuerza desde múltiples frentes convergentes. Desde la Biblia, porque los evangelios, aun sin declarar explícitamente “Jesús fue célibe”, presentan una vida pública sometida a escrutinio constante, sin mención alguna de esposa, hijos o vida conyugal, algo impensable de ocultar en la cultura judía del siglo I. Jesús es reconocido públicamente como rabí, y en ese contexto una conducta sexual fuera del matrimonio habría significado descalificación inmediata, escándalo social y acusación explícita por parte de sus enemigos, quienes nunca lo acusaron de inmoralidad sexual. Desde la cultura judía de su tiempo, porque la sexualidad estaba estrictamente regulada por la Torá y la tradición, y la figura del “amante” simplemente no existía como opción legítima para un varón piadoso. Desde la historia, porque el celibato masculino no solo era conocido, sino practicado y valorado en ciertos círculos judíos contemporáneos a Jesús, como los esenios. Desde la ciencia, porque queda demostrado que la abstinencia sexual masculina es posible, saludable y sostenida en el tiempo sin daño fisiológico.
Lo afirmado por el presidente Petro no puede catalogarse técnicamente como herejía, porque no niega de manera directa los núcleos doctrinales del cristianismo como la Trinidad, la encarnación o la resurrección. Sin embargo, sí choca frontalmente con el consenso histórico del cristianismo y suele ir acompañado de lecturas que degradan la identidad de Jesús, trivializan su misión y vacían su santidad. En ese sentido, constituye una blasfemia, entendida no como una categoría canónica, sino como una banalización irresponsable y ofensiva de una figura central para millones de creyentes.
Nada de lo aquí expuesto implica que las relaciones sexuales sean condenadas por el cristianismo. La fe cristiana afirma la sexualidad como buena dentro de un marco moral que la orienta al amor, al pacto y a la responsabilidad. Lo que rechaza no es el sexo, sino su reducción a impulso desordenado, desligado de verdad y de dominio propio. Esa disciplina moral resulta incomprensible para mentes que confunden libertad con ausencia de límites y que han convertido el deseo en criterio supremo. Pero la incapacidad de comprender una ética no invalida su verdad; solo evidencia la pobreza de la antropología desde la cual se la juzga.
Afirmar que Jesús “debió” tener relaciones sexuales porque eso es normal hoy no es una conclusión histórica ni científica. Es una confesión ideológica. Y la historia, la ciencia, la razón y la teología muestran con claridad que esa confesión está profundamente equivocada.
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