Por qué no soy comunista, socialista, progresista ni humanista
Saber quién soy me permite saber hacia dónde voy. Me ayuda a sostener coherencia entre lo que pienso, lo que siento, lo que digo y lo que hago. Sin embargo, saber “quién soy” es más difícil de lo que parece. Increíblemente, muchas personas llegan a la vida adulta sin claridad de su autopercepción y sin una autodefinición sólida. Viven definiéndose por reflejos: por lo que el grupo aprueba, por lo que la moda impone, por lo que la tendencia sugiere o por lo que el entorno premia.
Con algunos amigos hemos realizado un ejercicio sencillo pero revelador: el Twenty Statements Test (TST), también conocido como el test “Who am I?”. Su objetivo es explorar la autodefinición mediante respuestas libres del tipo “I am…”. La dinámica es simple: se toma una hoja en blanco y en el primer renglón, a manera de título, se escribe: “YO, ISMAEL PERDOMO, SOY:”. Luego se numeran veinte renglones y se intenta completar veinte frases. Lo asombroso es que el resultado se repite en casi todos: con mucha dificultad se llega a cinco respuestas y, con frecuencia, los primeros renglones se llenan solo con roles sociales (médico, estudiante, político) o pertenencias (colombiano, indígena). Quienes avanzan más suelen añadir rasgos (disciplinado, nervioso), valores (justo, leal) y metas (a quién quiero servir). Pero la mayoría se queda en descripciones superficiales: “soy alto”, “soy amable”. Otros ni siquiera pasan de la primera respuesta y terminan pidiendo a quien dirige el ejercicio que les diga cómo los percibe, lo cual ya no es autopercepción, sino percepción externa.
No es un tema menor. La ausencia de una identidad personal bien construida hace que muchas personas terminen “comprando” identidades ya hechas: se adhieren a grupos, consignas, modas o ideologías sin haber pasado por el filtro de la verdad, la razón y la disciplina intelectual. Esa fragilidad se ve hoy con claridad en las incoherencias que proliferan: cristianos progresistas, conservadores ateos y socialistas “cristianos”. No se trata solo de etiquetas llamativas, sino de choques profundos entre cosmovisiones incompatibles, presentadas como si fueran conciliables.
Desde la neurociencia, la neuropsicología y la neurología se entiende que la identidad no aparece de golpe: se construye por capas en interacción entre el neurodesarrollo y la maduración cerebral, la cognición (lenguaje, memoria autobiográfica y funciones ejecutivas), el apego y el ambiente (familia, pares, cultura), los sistemas de recompensa y refuerzo, y la narrativa personal (la historia que cada uno se cuenta sobre sí mismo). Se dice que la adolescencia es una etapa crítica para la consolidación de la identidad y que en la adultez debería existir un núcleo estable capaz de sostener coherencia, especialmente después de los 30 años. Pero la realidad contemporánea muestra un fenómeno inquietante: cada vez más adultos no saben quiénes son, actúan en abierta contradicción con lo que dicen creer, y sustituyen convicciones por impulsos y principios por tendencias.
Esto también es un problema generacional. Padres que no forman identidad en sus hijos terminan entregándolos a la influencia de la moda; esos hijos, a su vez, repetirán el patrón. Por eso resulta admirable —y no lo digo por romanticismo— el caso del pueblo judío: su legado más valioso no es oro ni dinero, sino la transmisión sistemática de principios, normas y valores durante milenios. Hay una lección allí para cualquier sociedad que quiera sobrevivir moralmente.
Lo paradójico es que países como Colombia, México o Estados Unidos, donde una alta proporción de la población se identifica como cristiana, exhiben niveles profundos de incoherencia ética y moral en la vida pública y privada. Muchos declaran fe, pero organizan su vida como si Dios no existiera, o como si Dios fuera un accesorio cultural. En esa contradicción se entiende mejor por qué tantas personas terminan abrazando ideologías que, en el fondo, desplazan a Dios del centro.
Para responder la pregunta de esta columna —por qué no soy comunista, socialista, progresista ni humanista— primero hay que reconocer algo básico: todas estas corrientes, aunque diferentes entre sí, comparten un rasgo estructural que las vuelve incompatibles con el cristianismo bíblico. En última instancia, desplazan a Dios del centro, relativizan Su soberanía y colocan en Su lugar al Estado, al individuo, a la razón autónoma, al consenso social o a una idea abstracta de progreso. El mandato cristiano no admite reinterpretaciones acomodadas: amar a Dios por encima de todas las cosas. Cuando una ideología exige que ese primer lugar sea ocupado por otra instancia, ya no es una simple propuesta política: es una cosmovisión rival.
El comunismo y el socialismo tienen un origen histórico definido en la Europa del siglo XIX, marcada por injusticias reales, explotación laboral e industrialización deshumanizante. Muchos de sus primeros teóricos diagnosticaron problemas reales, pero erraron gravemente en su solución. Su apuesta no fue corregir abusos desde una antropología realista, sino reconstruir al ser humano desde cero, negando su dimensión espiritual y debilitando la responsabilidad moral individual. Filosóficamente se apoyan en un materialismo que reduce al hombre a un producto de fuerzas económicas y sociales. En ese marco, Dios no solo es innecesario: es un obstáculo que debe ser superado.
Sociológicamente, donde estas ideas se han implementado de manera consecuente, el resultado ha sido consistente: concentración de poder, supresión de libertades, persecución religiosa y sometimiento de la conciencia individual a una causa colectiva presentada como moralmente superior. El Estado, el partido o la revolución terminan ocupando el lugar que solo corresponde a Dios. No es casual que, históricamente, regímenes comunistas y socialistas hayan visto a la fe cristiana como una amenaza, no por violenta, sino por independiente: porque la fe reconoce una autoridad superior al poder político.
El progresismo contemporáneo, aunque se presenta como una versión “actualizada” y menos autoritaria, mantiene la misma lógica de fondo. Cambia el lenguaje y suaviza las formas, pero opera sobre un supuesto similar: la verdad deja de ser trascendente y pasa a definirse por consensos cambiantes; la moral se subordina a emociones del momento; la antropología se reescribe según agendas ideológicas. El progresismo vive de la ruptura permanente. Todo límite es opresión, toda tradición es atraso, toda convicción firme es intolerancia. Desde una perspectiva cristiana, esta visión choca con la idea de una verdad revelada, estable y no negociable.
El humanismo moderno, especialmente en su versión secular, profundiza aún más este desplazamiento. Coloca al ser humano como centro absoluto, no como criatura responsable ante Dios, sino como medida final de la verdad y del bien. Cuando el hombre se convierte en su propio dios, la consecuencia no es mayor dignidad, sino mayor arbitrariedad. Sin referencia trascendente, los derechos dejan de ser inherentes y pasan a depender del poder que los reconoce. Cuando el hombre ocupa el lugar de Dios, no se humaniza la política: se absolutiza.
Resulta revelador que varios pensadores asociados a estas corrientes hayan tenido formación cristiana o contacto temprano con la fe. Sin necesidad de idealizarlos ni caricaturizarlos, el patrón se repite: preocupación por la justicia, pero reemplazo progresivo de Dios por la ideología. La salvación deja de ser espiritual y pasa a ser política; el pecado se redefine como estructura social; la redención se promete a través del sistema. Teológicamente, estas corrientes terminan funcionando como religiones seculares: tienen dogmas, profetas, herejes, promesas de futuro perfecto y narrativa de salvación colectiva. La diferencia es que prometen paraíso en la tierra y, una y otra vez, producen lo contrario.
Volviendo al punto de la identidad: si tantos ciudadanos se declaran cristianos, deberíamos tener claridad sobre el orden de prioridades que la Biblia enseña y sobre la identidad en Cristo. Y deberíamos asumir la responsabilidad de formar esa identidad en nuestros hijos y en las generaciones que vienen, precisamente porque las tendencias ideológicas del presente se disputan el corazón, la mente y el lenguaje de la sociedad. No formar identidad es dejar el terreno libre.
Por eso afirmo algo práctico: un cristiano que responde el TST debería tener claro, al menos, los primeros renglones de su autodefinición, no como un ritual, sino como un mapa de prioridades: soy criatura de Dios, no producto del azar; soy responsable delante de Dios por mis decisiones; soy esposo y pacto vivo con mi esposa (si aplica); soy padre y formador de mis hijos (si aplica); soy hijo y honro a mis padres; soy miembro del cuerpo de Cristo; soy llamado a servir, no a ser servido; soy administrador del dinero, no esclavo del dinero; soy llamado a santidad, no a apariencia; soy discípulo: aprendo, obedezco y persevero. Quien no tiene definida su identidad termina cediendo su conciencia a la presión del entorno.
De allí nacen incoherencias que hoy se han normalizado. La figura del humanista “cristiano”, por ejemplo, intenta fusionar dos sistemas que compiten por el centro: Dios permanece en el discurso, pero el hombre ocupa el trono. Se habla de Jesús como referente ético, pero se elimina su señorío; se cita el amor, pero se relativiza la verdad; se conserva el lenguaje cristiano mientras se adopta una antropología incompatible. No es una evolución del cristianismo: es su vaciamiento doctrinal.
Otra incoherencia, especialmente irritante para quien se toma en serio el debate de ideas, es la del conservador “ateo”. El conservadurismo no es solo preferencia por el orden; presupone verdades objetivas, valores permanentes y límites morales. Sin trascendencia, esos fundamentos quedan suspendidos. ¿Por qué preservar la vida, la familia o la dignidad humana si no existe una fuente objetiva que les otorgue valor? El conservador ateo suele apelar a costumbre o utilidad social, pero esas razones se desmoronan cuando entran en conflicto con el interés o el poder. Sin base trascendente, el conservadurismo corre el riesgo de convertirse en estética cultural negociable.
Y más contradictoria aún es la figura del cristiano “progresista” o “humanista”, tan difundida en ciertos espacios académicos, eclesiales y políticos. El progresismo redefine constantemente la verdad y la moral; el cristianismo descansa en una revelación estable. El cristiano progresista suele decir que la fe debe “adaptarse a los tiempos”, pero rara vez pregunta quién define esos tiempos y con qué autoridad. En la práctica, la Escritura termina subordinada a la agenda ideológica. Ya no es la cultura la que se evalúa a la luz de la fe, sino la fe la que se filtra por la cultura.
Estas incoherencias no son inocuas. Tienen consecuencias en la manera como se vota, se gobierna y se legisla. Cuando se mezclan categorías sin rigor, el resultado es confusión moral: se defienden derechos sin fundamento, se promueven políticas sin límites éticos y se justifica el poder en nombre de valores que ya no se sostienen en nada sólido. La incoherencia se convierte en método y la ambigüedad en estrategia.
Por eso es necesario llamar las cosas por su nombre. No todo puede conciliarse sin perder coherencia. No toda combinación es válida. No toda etiqueta es inocente. Ser cristiano implica reconocer una autoridad superior a la razón humana y al poder político. Y cualquier ideología que exija relativizar esas verdades para ser aceptada, tarde o temprano exigirá algo más: silencio, complicidad o renuncia. Antes de analizar candidatos, programas y discursos, era imprescindible despejar este terreno, porque no se puede evaluar el presente político sin claridad conceptual.
En las próximas columnas entraré en nombres propios y decisiones concretas, pero lo haré desde un marco que no cambia con la coyuntura: la coherencia entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace. Sin esa coherencia, la política termina siendo solo administración del poder; con ella, incluso los errores pueden convertirse en lecciones. Por eso no soy comunista, ni socialista, ni progresista, ni humanista. No porque niegue las injusticias del mundo, sino porque creo que no se corrigen sustituyendo a Dios por sistemas que prometen redención sin verdad y justicia sin trascendencia. Y porque, además, la historia ya demostró el costo de ese reemplazo.
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