Por qué soy cristiano y conservador
No se puede comprender una postura política sin entender primero la cosmovisión que la sustenta.
Ser cristiano
Ser cristiano no requiere una defensa argumentativa compleja ni artificiosa. La inmensidad y magnificencia de Dios son tan evidentes que incluso quien no quiere verlas se enfrenta a ellas a diario. La creación entera alaba a Dios y expone Su esencia: el orden del universo, la vida, la conciencia moral y la historia humana dan testimonio de una realidad que trasciende lo material.
Ser cristiano es creer que Jesucristo fue verdadero hombre y es Dios eterno, sentado a la diestra del Padre, en perfecta unidad trinitaria. Es creer que Dios se reveló, entró en la historia y redimió al ser humano.
La Palabra de Dios es la Biblia, no como un texto simbólico o cultural, sino como manual de vida, fundamento moral y guía para todos los que amamos a Jesús. Allí se establecen los principios que rigen la dignidad humana, la verdad, la justicia, la responsabilidad individual y el valor sagrado de la vida.
Mi cristianismo no es utilitario ni coyuntural. No es un discurso para campañas ni una etiqueta ideológica. Es una convicción espiritual, histórica y moral que ordena mi manera de pensar, decidir y actuar.
Ser conservador
El Partido Conservador Colombiano tiene una historia larga y profunda, aunque —por supuesto— mucho más reciente que el cristianismo, cuyos orígenes son judaicos y milenarios. Confundir ambas realidades sería un error histórico, pero separarlas por completo también lo sería.
Que hoy muchos dirigentes que se autodenominan conservadores no representen los ideales del partido es una realidad evidente. Sin embargo, ello no significa que dichos ideales hayan desaparecido, ni que la militancia de base esté apartada del ideal conservador auténtico.
Ser conservador, conforme a la historia del partido y a sus estatutos fundadores y posteriores modificaciones, implica:
- Amar a Dios por encima de todas las cosas y creer en Jesucristo, Su Hijo.
- Defender la vida desde su concepción hasta su fin natural.
- Reconocer la familia como núcleo fundamental de la sociedad.
- Promover la responsabilidad individual por encima del asistencialismo estatal.
- Respetar la diferencia y, en coherencia, proteger la libertad religiosa, de conciencia y de expresión.
- Respetar la propiedad privada y el esfuerzo productivo.
- Creer en el orden institucional, la ley y la autoridad legítima.
- Rechazar las ideologías que destruyen la cultura, la historia y la moral social.
Ser conservador no es inmovilismo. Es preservar lo que funciona, corregir lo que se desvía y resistir lo que destruye. Es entender que no todo cambio es progreso y que no toda ruptura es avance. La historia lo demuestra: el pueblo de Israel ha perdurado por milenios no por su poder militar o económico, sino por mantener sus creencias y transmitirlas de generación en generación, sin necesidad de cambios extremos disfrazados de progreso.
Por eso, cuando evalúo mi pasado político, no lo hago desde la lealtad ciega a un partido ni desde la defensa automática de candidatos. Lo hago desde los principios. Y es precisamente allí donde surgen mis mayores decepciones: cuando quienes pidieron el voto en nombre de esos valores los traicionaron una vez llegaron al poder.
En las próximas columnas hablaré con claridad. Pero antes era necesario dejar esto establecido:
Mi cristianismo no depende de la política, y mi conservadurismo no depende de los políticos.
Ambos dependen de convicciones profundas, históricas y morales que no negocio, no acomodo y no relativizo.
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