Votar, confiar y asumir responsabilidades
El 20 de febrero de 1996 cumplí 18 años de edad. Como correspondía a un ciudadano que creía —y sigue creyendo— en la democracia, saqué mi cédula de ciudadanía y la inscribí para votar en la vereda Velú, municipio de Natagaima, Tolima. Desde ese momento, y durante muchos años, ejercí de manera constante, activa y comprometida mi derecho al voto.
No fui un elector pasivo. Participé en todas las elecciones: presidenciales, departamentales y municipales. Di mi voto, hice campaña, invité amigos y conocidos a votar, trabajé activamente en campañas políticas y asumí un rol de liderazgo conservador en mi región. Siempre voté en la misma mesa electoral, hasta el año 2019, cuando, con ocasión de las elecciones en las que resultó elegido Ricardo Orozco y Andrés Hurtado, inscribí mi cédula en la ciudad de Ibagué.
A lo largo de los años he votado —y he invitado a votar— por presidentes, gobernadores, alcaldes, concejales, diputados, senadores y representantes a la Cámara. En múltiples ocasiones fui invitado a ser candidato, pero siempre tuve claro que mi prioridad era la formación académica y profesional. Algunas elecciones se ganaron; otras se perdieron. Así es la política real, lejos del romanticismo.
Hoy, a mis 47 años, hago un ejercicio que no siempre resulta cómodo: evaluar el pasado. En ese balance encuentro grandes aciertos y también grandes desaciertos. De los aciertos no hay duda ni arrepentimiento. Los desaciertos, en cambio, me producen una profunda tristeza. No solo por haberme sentido engañado como elector, sino porque también engañaron a quienes yo invité a confiar, a quienes pedí que entregaran su voto.
Ese es, quizás, uno de los dilemas más complejos de la vida política cuando uno no es el candidato ni el gobernante, sino un ciudadano que confía. Se vota creyendo que quien fue elegido actuará con coherencia frente a lo que expresó en campaña, frente a los principios que dijo defender, frente a la historia que afirmó representar. Muchas veces, lamentablemente, esa coherencia nunca llegó.
En columnas posteriores quiero hablar con nombre propio: por quiénes me arrepiento de haber votado y por quiénes no. En un escrito anterior ya pedí disculpas anticipadas a quienes invité a votar por personas que terminaron siendo malos gobernantes, ineptos, incompetentes o moralmente reprochables. Asumir esa responsabilidad también hace parte del ejercicio ciudadano.
Siempre será más fácil evaluar el pasado que predecir el futuro. Sin embargo, eso no nos exime de analizar con rigor el presente. Por eso, en próximas entregas analizaré a varios de los candidatos actuales a Cámara y Senado, no desde la emoción ni desde la militancia ciega, sino desde la evidencia, la trayectoria y la coherencia entre discurso y hechos.
Cuando cumplí 18 años, Colombia estaba gobernada por Ernesto Samper, un presidente marcado por el escándalo del narcotráfico. Mi primer voto presidencial fue para Andrés Pastrana. Con sus aciertos y errores, considero que fue un buen presidente y, sobre todo, que logró algo fundamental: exponer a las FARC ante el mundo como lo que eran, un grupo narcoterrorista, no una causa romántica ni una lucha social idealizada.
Esta columna no pretende absolver ni condenar de manera ligera. Pretende, simplemente, recordar que votar no es un acto menor, que invitar a otros a votar implica una responsabilidad ética, y que la política debe ser evaluada con memoria, carácter y honestidad intelectual.
Seguiré escribiendo. Seguiré analizando. Y seguiré asumiendo, sin evasivas, mis propias decisiones.
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