Amar bien
por qué no toda ayuda es amor cristiano
Cuando conocí de Dios en el año 2015, inicié un proceso de crecimiento en la vida cristiana que ha estado lejos de ser lineal o idealizado. Ha sido un camino lleno de tropiezos, caídas, levantadas y nuevos comienzos, no por mis propias fuerzas, sino exclusivamente por la gracia de Dios. Porque, sin merecerlo, Dios me escogió. De entre lo despreciable del mundo, Dios me escogió, y por eso doy toda la gloria y la honra a mi Padre celestial, quien ha sido conmigo —como lo ha sido con muchos— un Dios que persigue, que insiste, que confronta, que acusa el pecado pero no abandona al pecador, un Dios que no se cansa de extender su mano para que yo decida tomarla. No ha sido un Dios cómodo ni decorativo, sino un Dios vivo, presente, insistente, que no negocia la verdad pero tampoco retira su misericordia.
Antes de conocer a Cristo fui bastante mundano, y dentro de ese estilo de vida fui también un gran derrochador del dinero. Creía sinceramente que ayudar económicamente a todo el mundo era, por definición, algo bueno. Daba sin discernimiento, sin preguntarme a quién daba, cómo daba o para qué daba. En mi mente, esa forma de actuar era sinónimo de generosidad, y por lo tanto de bondad moral. Nunca me detuve a pensar si estaba ayudando o, por el contrario, dañando. Nunca me pregunté si mi manera de dar estaba alineada con algún principio superior o si simplemente estaba calmando mi conciencia.
Al conocer a Cristo me encontré con una afirmación que cambió por completo mi manera de pensar: que el mandamiento más importante de todos es amar a Dios por encima de todas las cosas, y que el segundo, inseparable del primero, es amar al prójimo como a uno mismo. Jesús lo expresa así: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mateo 22:37–40, NVI). Esa declaración no me produjo tranquilidad, me produjo crisis. Me rompió los esquemas y me obligó a formular preguntas que hasta ese momento nunca me había hecho con seriedad. ¿Qué significa realmente amar? ¿Qué significa amar a Dios? ¿Qué significa amarse a uno mismo? ¿Y qué significa, en términos concretos, amar al prójimo?
Para responder a estas preguntas es necesario, primero, entender quiénes somos los seres humanos según la Biblia. Las Escrituras enseñan que toda la humanidad es creación de Dios. Génesis declara: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27, NVI). Esto significa que cada ser humano, sin excepción, porta la imagen de Dios. Esa imagen no se pierde por el pecado, aunque sí se distorsiona. La imagen de Dios es una condición ontológica, no moral; no depende de la conducta, ni de la fe, ni del mérito. Por eso toda vida humana posee dignidad intrínseca, independientemente de su estado espiritual.
Sin embargo, la misma Biblia enseña con igual claridad que no toda la humanidad es hija de Dios. Juan escribe: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12, NVI). Aquí se introduce una distinción fundamental que suele confundirse en el discurso religioso moderno: todos los seres humanos son criaturas de Dios, pero solo quienes han sido adoptados por la fe en Cristo son llamados hijos de Dios. La creación es universal; la filiación es relacional y redentora. Esta diferencia no establece jerarquías de valor humano, pero sí define relaciones espirituales distintas.
En el lenguaje original del Nuevo Testamento esta distinción se refuerza con términos específicos. La Escritura utiliza las palabras griegas adelphos y adelphoi para referirse a los hermanos, no en un sentido meramente biológico, sino espiritual. Adelphos significa literalmente “del mismo vientre”, pero en el uso cristiano se resignifica para describir a quienes comparten un mismo Padre por la fe en Cristo. Por eso Pablo afirma: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26, NVI), y más adelante establece una prioridad ética clara al decir: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10, NVI). Cuando el Nuevo Testamento llama “hermanos” a los creyentes, no está empleando un lenguaje afectivo, sino una categoría relacional que implica responsabilidad mutua, cuidado prioritario y compromiso ético.
Ahora bien, al hablar de amor, la Biblia utiliza términos distintos que en español se traducen todos como “amor”, pero que no significan lo mismo. El griego distingue entre eros, philos y ágape. Eros se refiere al amor del deseo, al impulso pasional. Philos describe el amor del afecto, de la amistad, del cariño natural. Ágape, en cambio, es el amor más profundo y exigente: un amor decidido, sacrificial, orientado al bien del otro, independiente de la emoción y sostenido por la voluntad. Es el amor que la Escritura describe cuando afirma: “El amor es paciente, es bondadoso… no se goza en la injusticia, sino que se goza con la verdad” (1 Corintios 13:4–6, NVI).
En el Antiguo Testamento, el verbo hebreo que se traduce como “amarás” no describe una emoción, sino una relación de pacto. Implica lealtad, fidelidad activa, compromiso voluntario y obediencia práctica. Por eso el mandamiento dice: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5, NVI). Amar a Dios no es sentir algo por Dios, sino ordenar toda la vida en fidelidad a Él. En el Nuevo Testamento, cuando Jesús habla de amar, se utiliza el verbo agapao, que conserva esa misma profundidad ética: amar es actuar en favor del otro conforme a la voluntad de Dios, aunque eso implique sacrificio personal.
En cuanto al prójimo, en el Antiguo Testamento la palabra utilizada es “rea”, que significa compañero, cercano, miembro de la comunidad. Inicialmente, el pueblo judío entendía que el prójimo era únicamente otro israelita. Sin embargo, Jesús redefine radicalmente este concepto en Lucas 10 mediante la parábola del buen samaritano, y concluye con una pregunta y una orden: “¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones? —El que se compadeció de él— contestó el experto en la ley. —Anda entonces y haz tú lo mismo— respondió Jesús” (Lucas 10:36–37, NVI). El prójimo no es quien pertenece a mi grupo, sino aquel ante quien decido actuar con misericordia. Puede ser extranjero, enemigo, moralmente distinto o socialmente despreciado. Por eso Juan advierte: “Si alguien dice: ‘Yo amo a Dios’, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto” (1 Juan 4:20, NVI). Al mismo tiempo, amar al prójimo sin amar a Dios vacía el amor de su fundamento.
Surge entonces una pregunta clave: ¿qué significa “como a ti mismo”? La Biblia no ordena al ser humano que se ame a sí mismo; da por sentado que ya lo hace. Pablo lo expresa así: “Después de todo, nadie odia su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida” (Efesios 5:29, NVI). El amor propio es un presupuesto antropológico, no un mandato moral. Jesús utiliza ese amor natural como medida ética: así como te cuidas, cuida al otro. El verbo del mandato sigue siendo ágape; lo que cambia es la referencia de la medida.
Esto lleva a otra aclaración necesaria: aunque el amor a Dios y el amor al prójimo utilizan el mismo verbo en el lenguaje original, no son idénticos ni intercambiables. Amar a Dios es absoluto y total; amar al prójimo es derivado y subordinado. Jesús nunca permite que el amor al prójimo desplace a Dios del centro, y por eso afirma: “El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga” (Mateo 16:24, NVI).
Los hijos de Dios, que son un grupo distinto de las criaturas de Dios en términos de filiación espiritual, tienen una responsabilidad concreta frente al prójimo. Esa responsabilidad no es sentimental, sino ética. Implica no hacer daño, buscar el bien real del otro, actuar con justicia, ejercer misericordia y decir la verdad. Juan lo resume con contundencia: “Si alguien tiene bienes materiales y ve a su hermano en necesidad, pero no se apiada de él, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Juan 3:17, NVI).
La Biblia enseña que las obras de generosidad no son opcionales para el cristiano. Santiago declara: “Así también la fe, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 2:17, NVI). Sin embargo, la generosidad bíblica no siempre se expresa en dinero ni se ejerce de forma indiscriminada. Requiere discernimiento, orden y responsabilidad.
Jesús mismo advierte: “A los pobres siempre los tendrán con ustedes” (Mateo 26:11, NVI). Esto implica que nadie puede suplir todas las necesidades del mundo. Por eso, cuando un creyente dispone de recursos adicionales y desea ayudar, la pregunta no es si debe hacerlo, sino a quién debe hacerlo primero. La Escritura establece un orden: ayudar a todos, pero con prioridad hacia la familia de la fe. Pablo no deja espacio para la ambigüedad: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10, NVI).
Este orden puede entenderse como un círculo. En el centro está Dios, porque toda generosidad es, ante todo, un acto de adoración y obediencia. La primera esfera es la familia de la fe necesitada. La segunda esfera es la misión y la obra del evangelio, como lo evidencia la colecta para los creyentes pobres de Jerusalén: “Pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres entre los creyentes de Jerusalén” (Romanos 15:26, NVI). La tercera esfera es el sostenimiento funcional del liderazgo local, no como privilegio, sino como provisión: “El obrero merece su salario” (1 Timoteo 5:18, NVI). La cuarta esfera es el prójimo no creyente, hacia quien se extiende la misericordia universal.
Estos principios destruyen el narcisismo moderno, porque el cristianismo no enseña autoestima, sino responsabilidad ética. El evangelio no infla el yo; lo descentra. Pablo lo expresa con radicalidad: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20, NVI). Por eso existe una tensión estructural entre el cristianismo bíblico y el humanismo progresista. Aunque comparten un lenguaje superficial de amor, dignidad y justicia, parten de antropologías opuestas. El humanismo coloca al hombre como medida de todas las cosas; el cristianismo coloca a Dios como centro y al ser humano como criatura responsable delante de Él.
Dar sin dañar, entonces, no es simplemente dar. Es discernir, ordenar, obedecer y amar conforme a la verdad. Es entender que no toda ayuda es amor, y que no todo amor verdadero es cómodo. Es reconocer que la generosidad cristiana no nace del impulso, sino de la obediencia, y que solo cuando Dios ocupa el centro, el prójimo puede ser amado correctamente.
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