MEMORIA ELECTORAL DE UN CONSERVADOR
Votar es un acto de conciencia
Como es de conocimiento público, he militado en el Partido Conservador desde que tengo uso de razón. No se trata de una adhesión reciente ni de una simpatía coyuntural; es una convicción forjada en mi formación familiar, académica y espiritual. Hoy resido en los Estados Unidos, y mi lugar de votación para las elecciones de Senado y Cámara corresponde a mi residencia en el exterior. Conforme a la normatividad colombiana, para la Cámara de Representantes debo votar por la circunscripción de colombianos en el exterior, mientras que para el Senado puedo hacerlo por cualquiera de los candidatos inscritos a nivel nacional. Aunque estoy físicamente lejos del Tolima, mi conciencia política, mi memoria y mi responsabilidad moral siguen profundamente ligadas a esa tierra.
Durante muchos años ejercí mi derecho al voto en Colombia, específicamente en el Tolima. Voté por concejales, alcaldes, diputados, gobernadores y presidentes; participé activamente en campañas y debates; defendí ideas y respaldé personas. Colombia vive en permanente dinámica electoral, y después de décadas de participación es inevitable hacer un balance. Como médico, pediatra y epidemiólogo, estoy acostumbrado a evaluar resultados, a analizar causas y a reconocer errores. En salud pública, cuando una intervención no funciona, se corrige; cuando un tratamiento fracasa, se replantea. En política debería ocurrir lo mismo. No todo ha sido desacierto, pero sí he tenido grandes decepciones.
Las personas cambian. Una cosa es el candidato sin poder y otra muy distinta el gobernante con credencial en la mano. La experiencia me ha enseñado que el poder revela el verdadero carácter. La Escritura advierte que el corazón humano es engañoso y que maldito es el hombre que confía ciegamente en otro hombre. Eso no significa abstenerse de participar; significa votar con conciencia, sin idolatrías políticas y sin entregar la fe a ninguna estructura de poder. La confianza última pertenece a Dios; la responsabilidad política nos pertenece a nosotros.
Es natural arrepentirse, y el arrepentimiento es una categoría profundamente bíblica. Sin embargo, debe diferenciarse del simple remordimiento. El remordimiento es emocional y pasajero; el arrepentimiento implica cambio de conducta. El bebedor que se lamenta el sábado por la mañana pero repite el viernes siguiente no se ha arrepentido, solo se ha sentido mal. En política ocurre algo similar: lamentarse de un mal gobernante y volver a votar con ligereza es reincidir en el mismo error.
He votado por candidatos que luego me defraudaron. Entre ellos, varios concejales, alcaldes de mi municipio Natagaima —incluida la actual alcaldesa—, el alcalde de Ibagué Andrés Hurtado, el gobernador Ricardo Orozco y el expresidente Juan Manuel Santos en su primera elección, entre otros. La razón de mi arrepentimiento es común: prometieron una cosa en campaña y gobernaron de otra manera. Falta de coherencia, incumplimiento, debilidad en el liderazgo y, en algunos casos, decisiones que afectaron negativamente la confianza ciudadana. No escribo esto desde la amargura, sino desde la reflexión crítica que todo elector debería hacer.
En el caso de Oscar Barreto, a quien le tengo especial afecto y admiración, y acompañé en sus dos elecciones a la Gobernación y al Senado, sostengo que sus administraciones departamentales tuvieron logros significativos en seguridad e infraestructura. El Tolima vivió años complejos marcados por violencia y presencia de grupos armados ilegales, y durante sus gobiernos se percibió recuperación institucional, progreso y desarrollo. Por mucho, ha sido el mejor Gobernador del Tolima junto con Pacho Peñaloza. No obstante, su desempeño posterior en el Senado fue, a mi juicio, débil. Esperaba un liderazgo nacional más visible, una defensa más firme de los principios conservadores y una incidencia más clara en debates estratégicos para la nación, especialmente frente al gobierno del presidente Gustavo Petro. No ocurrió. Y como ciudadano tengo el deber de decirlo. Eso no borra sus aciertos como gobernador, pero sí obliga a evaluar con rigor su paso por el Congreso.
En las próximas elecciones legislativas, el análisis debe ser aún más cuidadoso. El Senado define grandes reformas nacionales; la Cámara de Representantes tiene un impacto directo en los intereses regionales. En el Partido Conservador, para el Senado, se presentan Miguel Barreto, Santiago Barreto y Juan Carlos Wills. De Miguel Barreto debo reconocer que mi percepción inicial, en sus inicios, fue escéptica; sin embargo, con el tiempo ha demostrado disciplina, gestión de recursos y defensa consistente de posturas conservadoras. Juan Carlos Wills ha desarrollado parte importante de su carrera en Bogotá, pero mantiene vínculos con el Tolima y ha participado en iniciativas de impacto nacional. Santiago Barreto se estrena en la arena electoral con una amplia formación académica y experiencia administrativa que le otorgan preparación técnica; el reto será demostrar independencia, liderazgo propio y presencia activa en el debate legislativo. Como profesional de la salud pública sé que la preparación técnica importa; como cristiano, sé que el carácter importa aún más.
Pero donde el Tolima ha tenido mayores debilidades históricas es en la Cámara de Representantes. La Cámara no puede ser un espacio de bajo perfil ni un escenario de simple figuración. Allí se discuten presupuestos, reformas sectoriales y control político. Sin embargo, repetidamente hemos enviado representantes con escasa visibilidad, pobre liderazgo y limitada incidencia nacional. El problema no es solo individual; es estructural. Los partidos han dejado de ser comunidades ideológicas sólidas y se han convertido, con frecuencia, en plataformas electorales donde caben proyectos personales sin coherencia doctrinal. El conservatismo no puede diluirse hasta convertirse en una etiqueta vacía.
En la lista conservadora a la Cámara por el Tolima aparecen nombres diversos. Delcy Isaza, con trayectoria previa en el liberalismo, fue una de las candidaturas que apoyé en el pasado por disciplina política. Su desempeño en el Congreso no respondió a las expectativas de liderazgo ni a la defensa visible de los intereses regionales. Ese apoyo es parte de mis errores electorales reconocidos. Adriana Avilés representa una línea más cercana al progresismo que al conservatismo clásico; su presencia en la lista evidencia la tensión entre identidad ideológica y conveniencia electoral. Linda Perdomo, es una mujer que siempre ha mostrado buenos resultados en su gestión; aunque proveniente de otro movimiento político, ha mostrado una postura que considero más coherente con valores conservadores tradicionales y con sensibilidad social. Guillermo Alvira, con trayectoria familiar y experiencia política, mantiene coherencia discursiva y capacidad ejecutiva que podrían traducirse en una representación sólida. Alejandro Martínez, con historia en el conservatismo tradicional, enfrenta el desafío de justificar su gestión reciente y recuperar liderazgo visible.
Finalmente, está Gerardo Yepez, actual representante que aspira a repetir credencial. En su caso, reconozco que no lo apoyé en la elección anterior por disciplina partidista, decisión que considero equivocada. Su ejercicio legislativo ha mostrado mayor presencia, trabajo constante y sensibilidad frente a problemáticas regionales. En mi evaluación personal, es la opción más sólida dentro de esa lista. Si pudiera votar en el Tolima, mi respaldo sería para él, no por amistad solamente, sino por análisis de desempeño y coherencia.
Es importante aclarar que estas opiniones son personales y responden a mi experiencia y evaluación. No pretendo imponer criterios, sino provocar reflexión. He conversado con numerosos ciudadanos que comparten inquietudes similares, aunque muchos prefieren callar por temor a presiones laborales o políticas. Ese silencio también es un síntoma de nuestra debilidad democrática.
Hee aprendido que las crisis no aparecen de la noche a la mañana; son el resultado acumulado de decisiones equivocadas, omisiones y falta de prevención. En política ocurre igual. Un departamento que vota sin analizar, que premia la lealtad ciega sobre la competencia, que confunde estructura con liderazgo, termina pagando costos sociales, económicos e institucionales. El Tolima no puede seguir repitiendo ciclos de entusiasmo electoral seguidos de frustración administrativa.
Votar es un acto moral. No es un trámite, no es una formalidad, no es una adhesión emocional. Es una decisión con impacto generacional. Como cristiano, creo que toda autoridad será examinada por Dios; como ciudadano, sé que todo elector es corresponsable del rumbo que toma su nación. La pregunta no es solo quién gana, sino qué principios se fortalecen con cada voto.
La invitación final es a pensar en Colombia con seriedad, a evaluar trayectorias más que discursos, resultados más que promesas, carácter más que carisma. Si el Tolima no corrige su rumbo político en las próximas décadas, las consecuencias serán visibles en desarrollo, institucionalidad y calidad de vida. No podemos seguir votando por inercia ni por obediencia mecánica. Debemos votar con conciencia, con memoria y con responsabilidad.
Porque el voto, al final, no es solo político: es un acto de conciencia. Y toda conciencia, tarde o temprano, rinde cuentas.
Comentarios
Publicar un comentario