¿Puede la Medicina Olvidar sus Raíces?
Ciencia, Fe y la Dignidad Humana
Hace poco, en un grupo académico de colegas pediatras, compartí uno de mis escritos en defensa apologética de Jesús. No lo hice con ánimo proselitista ni con intención de desviar la conversación de su propósito científico, sino como expresión legítima de una reflexión intelectual que forma parte inseparable de mi identidad como médico y como creyente. Observé, sin embargo, con cierta preocupación, que algunos se incomodaron y sugirieron que aquel espacio debía reservarse exclusivamente para asuntos estrictamente clínicos, académicos o científicos. Aquella reacción no me produjo molestia, pero sí me llevó a formular una pregunta que desde entonces no ha dejado de acompañarme: ¿puede la medicina hablar de sí misma como si no tuviera raíces? ¿Es realmente posible ejercer la ciencia médica prescindiendo de los fundamentos filosóficos e históricos que le dieron origen? Esa inquietud me condujo a reflexionar con mayor profundidad sobre la relación entre ciencia, medicina, fe, ontología y epistemología, y me impulsó a iniciar un estudio más detenido acerca del fundamento mismo de nuestra profesión. El resultado provisional de esa búsqueda es el motivo y la razón del presente artículo.
La medicina no nació en el vacío conceptual. No surgió simplemente como acumulación empírica de observaciones clínicas ni como técnica neutral desprovista de presupuestos metafísicos. Toda práctica científica se apoya en una ontología —una concepción sobre qué es lo real— y en una epistemología —una teoría sobre cómo conocemos esa realidad. La ciencia moderna presupone que el universo es ordenado, inteligible y gobernado por leyes estables; presupone también que la mente humana es capaz de comprender ese orden. Esos supuestos no son resultados del experimento; son condiciones previas para que el experimento tenga sentido. Historiadores de la ciencia como Stanley Jaki y Rodney Stark han señalado que la consolidación del método científico en Occidente se dio en un contexto cultural modelado por el monoteísmo bíblico, donde la naturaleza era entendida como creación racional de un Dios coherente, no como producto del capricho de múltiples deidades ni como emanación cíclica de fuerzas impersonales. En esa cosmovisión, investigar la naturaleza era descubrir las leyes del Creador.
El desarrollo de la medicina occidental se inscribe dentro de ese marco. El cristianismo introdujo una revolución ontológica en la comprensión del ser humano: cada persona posee dignidad intrínseca por ser imagen de Dios. Esa afirmación transformó gradualmente la ética del cuidado. En el mundo grecorromano el infanticidio era práctica legal y socialmente aceptada en determinadas circunstancias; el valor del niño dependía del reconocimiento del paterfamilias, es decir, del varón jefe del hogar que, según el derecho romano, tenía autoridad legal casi absoluta sobre la vida y el destino de los miembros de su familia, incluyendo la decisión de aceptar o abandonar a un recién nacido. El cristianismo primitivo condenó esa práctica y promovió el cuidado del vulnerable como deber moral universal. Basilio de Cesarea, en el siglo IV, organizó complejos asistenciales que incluían atención sistemática a enfermos y marginados, estableciendo una estructura hospitalaria que influyó en modelos posteriores. Más adelante, las universidades medievales —muchas de ellas nacidas bajo patrocinio eclesiástico— institucionalizaron la enseñanza médica.
Incluso en la modernidad científica encontramos figuras que integraron explícitamente fe y ciencia. Gregor Mendel, monje agustino, sentó las bases de la genética en un monasterio; Louis Pasteur afirmó que el estudio profundo de la ciencia lo conducía a la admiración por el Creador; Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, ha sostenido públicamente que su fe cristiana no contradice su labor científica, sino que le proporciona un marco de sentido. Estos ejemplos no prueban que la fe sea requisito para la investigación, pero sí desmontan la narrativa según la cual la excelencia científica exige necesariamente la exclusión de toda referencia trascendente.
Desde el punto de vista ontológico, la medicina presupone que el ser humano posee valor en sí mismo. Desde el punto de vista epistemológico, presupone que ese ser humano puede ser conocido objetivamente mediante métodos racionales y verificables. La pediatría, en particular, afirma que el niño tiene dignidad independientemente de su tamaño, madurez o productividad. Este principio no es una conclusión del microscopio; es una afirmación moral que precede a la técnica. Cuando hoy hablamos de derechos del niño, estamos empleando categorías que tienen genealogía histórica. La pregunta relevante no es si la ética puede formularse en lenguaje secular, sino si puede sostenerse sin los fundamentos ontológicos que históricamente la sustentaron.
Nada de lo anterior implica que médicos ateos o agnósticos no puedan ejercer con competencia y compasión. Sería una afirmación injusta. Tampoco significa que el método científico deba convertirse en discurso teológico. Significa que la medicina es inseparable de una antropología y que toda antropología tiene raíces filosóficas. Cuando ciertos debates contemporáneos, como el del aborto, se reducen exclusivamente a la autonomía o al consenso social, se está operando sobre una ontología implícita acerca de qué es la persona y cuándo adquiere valor moral. Esa discusión no es meramente biológica; es filosófica. Como pediatras, dedicados a proteger la vida en sus etapas más vulnerables, no podemos fingir que esa dimensión ontológica no existe.
Como médico y cirujano general, pediatra y epidemiólogo, pero también como teólogo ministerial, parto de una convicción cristocéntrica: toda verdad descubierta es verdad que participa del orden creado por Dios. Mi pensamiento, enraizado en la tradición hebrea, no concibe a Dios como una variable dentro del universo, sino como la afirmación conceptual que hace inteligible la existencia misma. Desde esa perspectiva, la ciencia no compite con la fe; opera dentro de un cosmos que presupone coherencia. La epistemología científica no queda anulada por la fe; encuentra en ella un horizonte de sentido.
Si en un grupo académico algunos se incomodaron por la mención de una reflexión apologética, quizá el verdadero desafío no sea la fe en sí misma, sino la dificultad contemporánea para reconocer que la medicina no es solo técnica, sino también filosofía encarnada. Negar esa dimensión histórica y ontológica no fortalece la ciencia; la empobrece. La pregunta que debemos hacernos no es si la fe debe reemplazar al método científico, sino si la medicina puede conservar intacto su fundamento ético cuando olvida las raíces que le dieron forma. ¿Puede la medicina olvidar sus raíces sin que se resienta su comprensión de la dignidad humana? Esa es la cuestión de fondo. Recordar el sustrato ontológico y epistemológico sobre el cual se edificó la medicina occidental no debilita la ciencia; la sitúa en su horizonte más amplio y le devuelve la conciencia de su fundamento.
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