No rechace a Jesús por culpa de la avanzada

Seamos honestos. En no pocos casos, el mayor obstáculo para que alguien se acerque a Cristo no es el ateísmo, ni la ciencia, ni la filosofía moderna, ni la cultura secular. El mayor obstáculo ha sido, muchas veces, la propia gente religiosa. No Jesús. No el evangelio. No la cruz. La avanzada.


Sí, la avanzada. Esa que llega primero hablando en nombre de Dios, corrigiendo a todo el mundo, citando versículos, dando lecciones de moral, juzgando conductas ajenas, reclamando santidad, exigiendo reverencia, y al mismo tiempo viviendo con una incoherencia tan escandalosa que termina produciendo más rechazo que convicción. Esa avanzada que lleva Biblia debajo del brazo, pero no verdad en el corazón. Esa que sabe evangelizar en público, pero no sabe ser decente en privado. Esa que habla del cielo, pero negocia como si jamás hubiera oído la palabra integridad.

Hay que decirlo sin maquillaje: una parte del descrédito del testimonio cristiano no se debe a persecución externa, sino a corrupción interna. No se debe solo a la dureza del mundo contra la fe, sino a la hipocresía de quienes usan la fe como escenario. Y cuando eso pasa, después nos sorprendemos de que muchos no quieran entrar a una iglesia, no quieran escuchar un sermón o miren con sospecha a cualquiera que se presente como muy “espiritual”. ¿De verdad sorprende? ¿De verdad alguien puede escandalizarse de que haya prevención, cuando durante años tantas personas han usado el nombre de Dios para manipular, aparentar, dividir, mentir, controlar o sacar ventaja?


Lucas 9 tiene una actualidad incómoda. Jesús envía mensajeros delante de Él, y en Samaria no los reciben. El texto tiene un contexto histórico concreto, sin duda. Pero la escena deja una pregunta que no podemos ignorar: ¿qué pasa cuando quienes van delante no preparan el camino del Señor, sino que contaminan la percepción de quienes lo van a recibir? ¿Qué pasa cuando la avanzada genera rechazo antes de que la gente conozca realmente a Jesús? Pasa lo que sigue pasando hoy: personas que quizá habrían escuchado al Maestro con el corazón abierto terminan cerrándose por culpa de quienes llegaron primero hablando como santos y actuando como farsantes.

Y aquí conviene tocar una llaga que duele. Hay ambientes cristianos en los que se ha invertido demasiado esfuerzo en la escenografía de la fe y demasiado poco en la santidad real. Mucha ropa correcta, poco corazón correcto. Mucho tono piadoso, poca honestidad. Mucha corrección pública, poca limpieza privada. Mucha autoridad espiritual proclamada, poco dominio propio demostrado. Mucha insistencia en evangelizar, poca disposición a pedir perdón cuando se hiere, se engaña o se destruye. Mucho discurso sobre la verdad, pero demasiada mentira funcional cuando toca dinero, prestigio, poder o conveniencia.

Ese cristianismo ruidoso es profundamente dañino. No porque evangelice, sino porque evangeliza mal. No porque predique, sino porque predica sin encarnación. No porque cite la Biblia, sino porque la usa como utilería. Y cuando la Escritura se vuelve utilería, la fe se degrada en espectáculo. Entonces el no creyente no ve a Cristo. Ve una marca religiosa. Ve un personaje. Ve un vendedor de moral. Ve a alguien obsesionado con la imagen espiritual, pero incapaz de mostrar la belleza de una vida transformada.

Después vienen las quejas: “la gente no quiere nada con Dios”, “el mundo está muy duro”, “ya nadie tolera la verdad”. Tal vez. Pero también sería sano que la iglesia se preguntara si una parte del rechazo no tiene que ver con su propio testimonio. Porque hay personas que no están huyendo de Jesús; están huyendo del abuso, de la mentira, del juicio sin misericordia, del doble lenguaje y del cinismo religioso. Están cansadas de escuchar a creyentes hablar de pureza mientras viven en podredumbre moral cuidadosamente perfumada. Están cansadas de la religión que condena visible y negocia invisible.


Jesús jamás tuvo paciencia con eso. Fue compasivo con pecadores notorios, con frágiles, con enfermos, con quebrantados, con caídos. Pero fue implacable con la hipocresía religiosa. ¿Por qué? Porque el pecador abierto sabe que necesita gracia. El hipócrita religioso, en cambio, usa el lenguaje de Dios para blindar su ego, proteger su reputación y esconder su miseria. Y eso no solo lo destruye a él; también intoxica a los que lo miran.

Por eso, hay que decir algo al no creyente, al decepcionado y al herido: no cometa el error de confundir a Cristo con sus malos representantes. Sería una tragedia eterna rechazar al Hijo de Dios por culpa de quienes lo han usado mal. No entregue su juicio final sobre Jesús a la experiencia amarga que le dejaron ciertos religiosos. Vaya directo a los evangelios. Mire cómo es Él. Compare su carácter con el de quienes lo desacreditan. Descubrirá algo sorprendente: Jesús no se parece en nada al hipócrita que habla de Él sin conocerlo realmente.


Y ahora la palabra incómoda para la avanzada: ya es hora de entender que no basta con parecer cristiano. No basta con sonar cristiano. No basta con vestir cristiano. No basta con usar jerga de iglesia, ni publicar versículos, ni corregir a otros, ni llorar en un culto, ni predicar con fuerza, ni hablar del Espíritu, ni repetir “gloria a Dios” cada tres minutos. Si fuera del templo usted es deshonesto, manipulador, cruel, soberbio, traicionero o codicioso, su religiosidad no es testimonio: es estorbo. No es luz: es humo. No es avanzada del Reino: es propaganda del ego.

Sí, la evangelización es necesaria. Sí, es un mandato. Sí, hay que hablar de Cristo. Pero quien habla de Cristo debe entender que también lo representa. Y representarlo mal no es un asunto pequeño. Cada mentira en boca de un creyente, cada estafa disfrazada de piedad, cada abuso cubierto con lenguaje bíblico, cada acto de arrogancia espiritual, cada juicio hipócrita, cada gesto de aparente santidad sin verdad interior, le pone una piedra más al camino de alguien que quizá estaba empezando a acercarse al Señor.


La iglesia necesita menos teatro santo y más temor de Dios. Menos obsesión por la estética religiosa y más limpieza moral. Menos personajes espirituales y más discípulos de verdad. Menos ansiedad por parecer apartados y más compromiso real con vivir apartados para Dios. Menos avanzada que se promociona a sí misma y más avanzada que desaparece para que Cristo sea visto.

Porque ese es el punto final: el verdadero ministerio no crea admiradores de la avanzada; conduce personas a Jesús. Y si nuestra forma de vivir hace que la gente termine rechazando el mensaje antes de escuchar al Maestro, entonces no estamos sirviendo al evangelio: lo estamos saboteando.


Así que aquí va una exhortación doble y directa. Si usted no cree, no se quede con el mal ejemplo de los religiosos. Busque a Jesús por usted mismo. Y si usted dice creer, deje de usar la fe como vestuario moral. Sea verdadero. Sea limpio. Sea coherente. Sea humilde. Sea confiable. Hable menos de su santidad y muestre más fruto de ella. Porque en este tiempo el mundo no necesita más avanzada ruidosa. Necesita ver, aunque sea en pequeñas porciones, el carácter real de Cristo reflejado en quienes dicen seguirlo.

La pregunta no es si hablamos de Jesús. La pregunta es si, después de vernos, la gente todavía quiere conocerlo.

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