El día que Roma descubrió que el Dios de Israel no tenía imagen

Por Ismael Perdomo


En el año 63 a.C.,  Pompey the Great entró militarmente a Jerusalén tras intervenir en la guerra civil entre Hyrcanus II y Aristobulus II. Después de un sangriento asedio, sus tropas penetraron el Segundo Templo y ocurrió algo que dejó perplejo al general romano.


Pompeyo estaba acostumbrado a entrar en templos paganos repletos de estatuas, imágenes, ídolos y representaciones visibles de sus dioses. Así funcionaba prácticamente todo el mundo religioso grecorromano: templos llenos de figuras de Zeus, Apolo, Artemisa, César divinizado y múltiples deidades.


Pero cuando Pompeyo atravesó las áreas sagradas del templo judío y llegó incluso al lugar más santo —según relatan historiadores antiguos— encontró algo inesperado:


No había ninguna estatua.

No había ninguna imagen.

No había ningún ídolo.


El lugar más sagrado de Israel estaba vacío de representaciones humanas de Dios.


¿Por qué?


Porque el Dios de Israel jamás permitió que su gloria fuera reducida a una imagen creada por manos humanas.


El historiador judío Flavius Josephus relata este episodio en Antigüedades Judías (Libro XIV, capítulo 4) y en La Guerra de los Judíos (Libro I, capítulo 7).


También el historiador romano Tacitus mencionó posteriormente la particularidad de los judíos de no representar visualmente a Dios.


Y siglos antes, la Biblia ya había sido absolutamente clara:


Éxodo 20:4-5 (NVI):


“No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores…”


Deuteronomio 4:15-16 (NVI):


“El día en que el Señor les habló desde el fuego en Horeb, ustedes no vieron figura alguna. Por lo tanto, para que no se corrompan, no se hagan ídolos…”


Y en el Nuevo Testamento:


Juan 4:24


“Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.”


Y también:


Hechos 17:29


“No debemos pensar que la divinidad sea semejante a imágenes de oro, plata o piedra…”


La pregunta incómoda para nuestra generación es inevitable:


¿Cómo terminamos llenando templos, altares, hogares y hasta espacios supuestamente cristianos con una saturación de imágenes religiosas?


Sí, esto ha sido históricamente más visible en sectores de Catholic Church con la veneración de múltiples imágenes, estatuas y representaciones.


Pero seamos honestos: muchos sectores protestantes también han comenzado a reemplazar la profundidad bíblica por una cultura visual superficial: culto a celebridades cristianas, branding religioso excesivo, dependencia emocional de símbolos, merchandising espiritual y, en algunos casos, una fe más estética que bíblica.


El problema nunca fue el arte en sí. El problema aparece cuando el corazón humano necesita ver algo tangible para sustituir una relación genuina con Dios.


Israel entendió algo radical: El Dios verdadero no cabe en esculturas; No puede ser domesticado por madera, yeso, oro, marketing religioso o emociones visuales;


Pompeyo esperaba encontrar una estatua. Y terminó enfrentándose a una verdad incómoda: el Dios de Israel era invisible… pero absolutamente real.


Quizá hoy también necesitamos vaciar muchos altares modernos para volver a llenar nuestro corazón de la presencia auténtica de Dios.


Menos imágenes.

Más Escritura.

Menos religiosidad visual.

Más verdadera adoración.

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