La escuela con estudiantes y sin graduandos
Hace ya varios años, quizás ocho, la organización política más grande del departamento del Tolima, el barretismo, anunció con bombos y platillos lo que sería el inicio de una obra que, en teoría, estaba llamada a marcar el futuro de su proyecto político: una escuela de gobierno para formar liderazgo y nuevos gobernantes para el Tolima y para Colombia. La idea, en sí misma, era y sigue siendo digna de reconocimiento. No todos los movimientos políticos entienden la necesidad de pensar en el relevo generacional, en la formación doctrinal y en la preparación seria de quienes aspiran a ejercer lo público. Por eso, cuando se habla de una escuela de gobierno, no se habla de un simple curso, de un seminario ocasional o de una estrategia publicitaria; se habla, en principio, de un semillero de dirigentes.
Una escuela de gobierno orientada a la formación de nuevos líderes de una organización política conservadora debería proponerse metas mucho más profundas que la simple visibilidad de sus participantes. Debería formar personas con criterio, con carácter, con capacidad de deliberación y con comprensión integral del Estado y de la sociedad. Allí tendrían que enseñarse, con rigor, materias como teoría del Estado, estructura constitucional, administración pública, políticas públicas, planeación territorial, finanzas públicas, formulación y evaluación de proyectos, control fiscal, contratación estatal, ética del servidor público, técnicas de debate y oratoria, negociación política, análisis electoral, comunicación estratégica y liderazgo institucional. Pero, además, si de verdad se trata de una escuela conservadora, esa formación tendría que incluir doctrina, historia política, pensamiento conservador, defensa de las instituciones, respeto por la autoridad legítima, responsabilidad fiscal, valoración del orden social y comprensión de la política como servicio y no simplemente como mecanismo de acceso al poder.
Mi hijo, profesional en Ciencia Política de la Universidad de los Andes, con maestría y especialización en gobierno y políticas públicas, estuvo interesado, junto con Santiago Borja, en ayudar a estructurar el programa académico de esa iniciativa. Ambos podían haber aportado, sin duda, una visión moderna, sólida y técnicamente bien sustentada para una escuela de esa naturaleza. Sin embargo, finalmente fueron otros los escogidos para definir los profesores, los docentes y el contenido del programa. Esa fue una decisión legítima de sus directivos, y como tal debe respetarse. Lo cierto, sin embargo, es que desde entonces hemos venido escuchando hablar de la llamada escuela de gobierno de la organización barretista, una iniciativa que, en el papel, luce excelente, y que en teoría merece aplauso por su esfuerzo de formar líderes y asegurar los relevos generacionales que toda organización política necesita.
Y es justamente ahí donde surge la reflexión de fondo. Porque toda escuela necesita estudiantes, sí, pero también necesita graduandos. Los graduandos son, al final, la evidencia tangible de que hubo un proceso completo: un comienzo, una formación, una maduración y un resultado. Sin graduandos, el proceso queda inconcluso. En el caso específico de una escuela de gobierno, el verdadero grado no ocurre cuando se entrega un diploma, una foto o una constancia de asistencia. El verdadero grado ocurre cuando ese estudiante llega a ocupar cargos públicos de elección popular, o cargos de designación y nombramiento, y demuestra que la formación recibida produjo frutos visibles en la vida institucional. Esa es la prueba real de una escuela de gobierno: no el discurso sobre su existencia, sino la capacidad efectiva de convertir alumnos en dirigentes.
En sana lógica, una escuela de gobierno exitosa debe ser el semillero natural de donde salgan los candidatos de la organización que aspiran a representar sus ideas y su proyecto político. Debería ser el espacio donde se identifiquen talentos, se pulan capacidades, se corrijan debilidades y se preparen los nombres que, más adelante, asumirán responsabilidades públicas. Si una organización invierte años hablando de formación, pero elección tras elección termina recurriendo a los mismos candidatos de siempre, entonces es inevitable que surja la pregunta incómoda: ¿dónde están los frutos de esa escuela? Más aún cuando muchos de los que hoy dicen ser candidatos o precandidatos ni siquiera han asistido o hecho parte activa de ese proceso formativo.
Allí es donde la metáfora se vuelve dolorosamente precisa: tristemente, se termina configurando una escuela con estudiantes y sin graduandos. Y una escuela así, aunque tenga buenos salones, buenos eventos y buenos discursos, corre el riesgo de quedarse en la apariencia. Puede tener matrícula, puede tener promoción, puede tener ceremonias, puede incluso despertar entusiasmo entre jóvenes interesados en la política; pero si no logra convertir ese entusiasmo en liderazgo real, en responsabilidad pública efectiva y en relevo visible, entonces su misión queda a medio camino. En política, como en la vida, los procesos se validan por sus resultados.
Esto no significa desconocer el valor de la iniciativa ni negar la importancia de intentarlo. Al contrario: precisamente porque la idea es buena, vale la pena evaluarla con seriedad. Toda organización política que quiera permanecer en el tiempo necesita formar a los suyos. Necesita escuchar nuevas voces, abrir espacios reales, identificar capacidades y permitir que los cuadros jóvenes crezcan. Lo contrario conduce al agotamiento, al envejecimiento político y a la repetición de nombres que, por conocidos que sean, no reemplazan la necesidad de renovar. Ningún proyecto colectivo puede sostenerse indefinidamente sobre el mismo círculo reducido de figuras, por influyentes que estas sean.
Desde una visión genuinamente conservadora, formar líderes no consiste únicamente en reunir personas en un salón ni en entregar certificados simbólicos. Significa transmitir doctrina, carácter, disciplina, sentido de autoridad, respeto por las instituciones, amor por la tradición y, sobre todo, conciencia del deber frente a la comunidad. El conservatismo serio no puede reducirse al apego a unos nombres, sino a la construcción de una cultura política donde el relevo generacional sea fruto natural de la formación, del mérito y de la lealtad a unos principios. Cuando una organización no logra convertir su escuela en una cantera real de gobernantes, corre el riesgo de quedarse administrando recuerdos, mientras el presente y el futuro exigen renovación con identidad.
Una escuela de gobierno conservadora debe ser, por definición, el lugar donde se preparan hombres y mujeres para servir, no para heredar; para asumir responsabilidades, no para esperar turnos; para defender unas ideas, no simplemente unos apellidos o unas conveniencias electorales. Porque si el conservatismo tiene algún sentido profundo, es precisamente el de preservar lo valioso mientras se prepara con responsabilidad a quienes habrán de continuar la obra. Sin relevo auténtico, no hay continuidad; y sin continuidad, toda organización, por grande que parezca, empieza lentamente a agotarse por dentro. Una escuela con estudiantes, pero sin graduandos, termina siendo una promesa sin cumplimiento y una metáfora dolorosa de una dirigencia que aún no aprende a sembrar para después cosechar.
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