¿UNA CANDIDATURA SPOILER EN COLOMBIA?
Por Ismael Perdomo
Aunque mi formación profesional está en la medicina —soy médico pediatra y epidemiólogo—, quienes me conocen saben que desde hace muchos años cultivo otra pasión profunda: la política.
No hablo de la política entendida como fanatismo partidista o militancia irracional. Hablo de la política como ciencia. Como disciplina seria de estudio. Como herramienta para entender el poder, las instituciones, el comportamiento social y el rumbo de las naciones.
Esa pasión me ha llevado durante años a estudiar teoría política, historia electoral y estrategia de campañas. Además, tengo el privilegio de compartir conversaciones profundamente enriquecedoras con mi hijo mayor, profesional en ciencia política, con quien constantemente intercambio ideas y aprendo sobre esta fascinante disciplina.
Hace algunos años asistí a una cumbre internacional de comunicación política en Lima - Perú. Allí participaron algunos de los estrategas electorales más reconocidos de América Latina y Europa. Entre los asistentes y expositores había consultores que habían trabajado en campañas presidenciales de alto nivel en diferentes países.
Recuerdo particularmente una conferencia que me dejó profundamente impactado.
Uno de los estrategas explicaba una táctica electoral que había sido utilizada en algunos países europeos y posteriormente replicada en América Latina: la llamada “candidatura spoiler” o “estrategia spoiler.”
En ciencia política, este concepto describe una práctica en la que se impulsa —abierta o encubiertamente— una candidatura cuya verdadera finalidad no necesariamente es ganar una elección, sino fragmentar el electorado de un adversario ideológico para beneficiar indirectamente a otro sector político.
En términos simples: si un bloque político sabe que tiene dificultades para derrotar directamente a su principal rival, puede resultar estratégicamente útil promover o facilitar la aparición de un candidato adicional dentro del electorado contrario para dividir votos y alterar el resultado final.
Es una estrategia profundamente cuestionable desde el punto de vista ético, pero no es nueva.
La historia política moderna ofrece ejemplos ampliamente debatidos.
En Estados Unidos, numerosos analistas sostienen que la candidatura de Ralph Nader terminó restándole votos decisivos a Al Gore, facilitando el triunfo de George W. Bush en el año 2000.
En Francia, durante las elecciones de 2002, la fragmentación de la izquierda permitió que Jean-Marie Le Pen avanzara inesperadamente a la segunda vuelta.
En Mexico, durante las elecciones de 2006, también surgieron análisis sobre cómo candidaturas alternativas pudieron influir en una contienda extremadamente cerrada.
Y entonces inevitablemente surge la pregunta sobre Colombia: ¿Estamos viendo algo similar?
La actual carrera presidencial me genera profundas preocupaciones. Mientras el candidato de izquierda avanza con relativa comodidad, consolidando una base electoral importante y creciendo en distintos sectores, buena parte de la oposición parece estar concentrada en destruirse internamente.
Ese escenario debería alarmar a cualquiera que entienda mínimamente cómo funciona la aritmética electoral.
Y aquí aparece un elemento que me genera legítimas preguntas.
No hablo de conspiraciones sin evidencia.
No hago acusaciones irresponsables.
Hablo de hechos políticos observables.
Existe hoy un candidato —Abelardo— cuyo comportamiento estratégico resulta, por lo menos, profundamente llamativo.
En el pasado sostuvo posiciones que hoy parecen radicalmente opuestas a su discurso actual. Defendió causas y narrativas cercanas a sectores que hoy dice combatir. Respaldó posturas políticas distintas a las que ahora presenta como verdades absolutas.
De repente pasó de representar unas banderas ideológicas a proclamarse como el único representante auténtico de la derecha colombiana.
Pasó de cuestionar ciertos sectores a intentar monopolizarlos.
Pasó de atacar unas ideas a abrazar otras completamente opuestas sin ofrecer explicaciones suficientemente sólidas sobre semejante transformación.
Todo ser humano puede evolucionar políticamente. Eso es perfectamente válido. Pero la evolución ideológica seria suele estar acompañada de coherencia, reflexión y argumentos sólidos.
No simplemente de conveniencia electoral.
Más preocupante aún resulta que haya sido el único candidato que decidió no participar en mecanismos de consulta que buscaban evitar precisamente la fragmentación del voto opositor.
Mientras otros sectores aceptaron competir dentro de reglas previamente acordadas y respaldar al ganador, esta candidatura decidió mantenerse por fuera de ese proceso.
Hoy, además, concentra buena parte de sus ataques contra otros sectores opositores en lugar de enfocar su energía política contra quien lidera cómodamente una parte importante del electorado de izquierda.
Y ahí aparece una pregunta incómoda pero absolutamente legítima:
¿Estamos frente a una candidatura construida genuinamente para gobernar?
¿O estamos frente a una candidatura cuya principal consecuencia —voluntaria o involuntaria— será dividir un electorado y facilitar el triunfo de otro proyecto político?
En ciencia política eso tiene un nombre:
spoiler.
No estoy afirmando que así sea.
Estoy diciendo que el comportamiento político observado obliga a hacer preguntas serias. Y en democracia, hacer preguntas incómodas también es una forma de responsabilidad ciudadana.
Colombia atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente: La crisis de seguridad crece; La polarización se profundiza; La economía enfrenta incertidumbres; Las instituciones muestran señales de desgaste; Y millones de ciudadanos sienten temor sobre el futuro del país.
En momentos así, el ego político puede convertirse en el mejor aliado de los proyectos que buscan capitalizar la división de sus adversarios.
La historia está llena de líderes que perdieron no porque su adversario fuera superior. Perdieron porque nunca entendieron que divididos eran funcionales a aquello que decían combatir.
Dios bendiga a Colombia y no permita que se termine repitiendo esa historia.
Porque cuando la vanidad política supera el interés nacional, quienes terminan pagando el precio son siempre los ciudadanos.
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