Cuando la Iglesia confunde al candidato con el Mesías
Colombia está nuevamente frente a una elección presidencial cargada de emociones, temores, heridas históricas y esperanzas acumuladas. Como suele ocurrir en los tiempos de crisis, el pueblo no solo busca propuestas: busca salvación. No solo quiere un programa de gobierno: quiere una figura capaz de derrotar sus miedos. No solo evalúa candidatos: muchas veces termina fabricando símbolos.
En ese escenario ha surgido un fenómeno que merece una reflexión seria desde la fe cristiana: el entusiasmo de amplios sectores cristianos alrededor de Abelardo de la Espriella. Para algunos creyentes, él representa una alternativa política legítima frente al rumbo actual del país. Eso puede ser perfectamente válido dentro de una democracia. Un cristiano puede votar por él, como también puede votar por otro candidato, siempre que lo haga en conciencia, con responsabilidad y con criterios éticos.
El problema no es votar. El problema es adorar políticamente.
El problema no es que un candidato hable de Dios. El problema es que el pueblo cristiano empiece a hablar del candidato como si fuera una figura mesiánica.
Cuando se escuchan expresiones como “es el enviado de Dios”, “es el Ciro de Colombia”, “es la respuesta a nuestras oraciones” o, peor aún, “es el mesías que necesitamos”, la Iglesia debe detenerse. No para atacar al candidato, sino para examinarse a sí misma. Porque el riesgo más grave no está necesariamente en el político que usa lenguaje religioso, sino en la comunidad de fe que pierde el discernimiento bíblico y entrega su esperanza espiritual a un hombre de carne y hueso.
La Biblia no prohíbe la participación política. José administró en Egipto. Daniel sirvió en Babilonia. Nehemías trabajó dentro de una estructura imperial. Ester intervino en una crisis nacional. Juan el Bautista confrontó al poder. Pablo apeló a su ciudadanía romana. La fe bíblica nunca fue una fe indiferente a la realidad pública.
Pero la Biblia sí prohíbe la idolatría. Y la idolatría no siempre tiene forma de estatua. A veces tiene forma de partido, de ideología, de caudillo, de bandera o de candidato.
El viejo error de buscar un salvador humano
Israel también tuvo miedo. Israel también quiso seguridad. Israel también quiso ser como las demás naciones. Por eso pidió un rey.
En 1 Samuel 8, el pueblo le dijo al profeta Samuel que quería un rey que lo gobernara, como lo tenían los demás pueblos. La respuesta de Dios fue profundamente reveladora: no estaban rechazando solamente a Samuel; estaban rechazando al Señor como su Rey. El problema no era la existencia de una estructura política. El problema era el traslado de la confianza última desde Dios hacia una figura humana.
Dios les advirtió que el rey tomaría sus hijos, sus hijas, sus campos, sus cosechas, sus siervos y sus recursos. Es decir, aquello que el pueblo veía como solución podía convertirse en carga. El líder que prometía protección podía terminar absorbiendo el poder, la conciencia y la libertad del pueblo.
Ese texto sigue siendo incómodo para toda generación creyente. Porque cada vez que una nación entra en crisis, reaparece la tentación de pedir un rey fuerte. Un hombre que hable duro. Un hombre que prometa orden. Un hombre que diga lo que muchos quieren oír. Un hombre que represente revancha, restauración o castigo contra los enemigos.
Pero la pregunta bíblica no es solamente: “¿Quién puede derrotar a mis adversarios?”. La pregunta bíblica es más profunda: “¿En quién estoy poniendo mi confianza?”.
Jeremías 17:5 dice: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que se apoya en fuerzas humanas y aparta su corazón del Señor”. Este texto no significa que no podamos votar, elegir gobernantes o apoyar proyectos políticos. Significa que ninguna figura humana puede ocupar el lugar de Dios en el corazón del creyente.
El Salmo 146:3 lo dice con una claridad aún más directa: “No pongan su confianza en gente poderosa, en simples mortales, que no pueden salvar”. Los gobernantes pueden administrar, legislar, proteger, reformar o destruir. Pero no pueden salvar.
Y ahí está el punto central: Colombia necesita buenos gobernantes, pero no necesita falsos mesías.
El peligro de convertir la fe en maquinaria electoral
La historia mundial muestra que cuando la religión se fusiona sin discernimiento con el poder político, la Iglesia casi siempre pierde algo esencial: su libertad profética.
En Brasil, el ascenso de Jair Bolsonaro estuvo acompañado por un fuerte apoyo de sectores evangélicos que lo vieron como un defensor de la familia, la moral y la nación. En Estados Unidos, documentales como The Family, God & Country y Bad Faith han expuesto cómo ciertas redes cristianas conservadoras han buscado influencia directa sobre el poder político. En la historia católica europea y latinoamericana, también se han visto alianzas entre altar y Estado que terminaron justificando abusos, silencios, privilegios y persecuciones.
El patrón se repite: una sociedad entra en crisis; el miedo aumenta; aparece un líder fuerte; algunos líderes religiosos lo presentan como instrumento de Dios; el púlpito se convierte en tarima electoral; el creyente que discrepa es tratado como tibio, traidor o enemigo de la fe; y finalmente la Iglesia pierde la capacidad de corregir al mismo poder que ayudó a levantar.
Ese es el punto más peligroso.
Una Iglesia fiel puede hablar con gobernantes, orar por ellos, aconsejarlos y aun acompañar procesos públicos. Pero una Iglesia fiel no puede vender su conciencia. No puede entregar su púlpito. No puede convertir el evangelio en propaganda. No puede confundir la predicación del Reino de Dios con la promoción de un proyecto electoral.
Cristo rechazó esa tentación desde el principio. En Lucas 4, Satanás le ofreció los reinos del mundo a cambio de adoración. Jesús no negoció. No aceptó el atajo. No dijo: “Si con esto puedo tener poder para hacer el bien, entonces vale la pena”. Jesús entendió que no se puede ganar el mundo perdiendo la fidelidad al Padre.
Esa sigue siendo una advertencia para la Iglesia contemporánea: no todo acceso al poder viene de Dios. No toda influencia es victoria espiritual. No toda cercanía con un candidato es bendición. A veces es prueba. A veces es tentación. A veces es una forma sutil de domesticar la voz profética de la Iglesia.
El caso de Ciro también debe ser interpretado con cuidado. Es verdad que Dios usó a Ciro, rey de Persia, para permitir el retorno del pueblo judío y la reconstrucción de Jerusalén. Isaías 45 incluso lo llama “ungido” en un sentido histórico e instrumental. Pero Ciro no fue el Mesías redentor. No fue cabeza espiritual del pueblo de Dios. No fue modelo de santidad. No fue objeto de culto ni de obediencia absoluta.
Dios puede usar a un gobernante imperfecto. Eso es cierto. Pero de ahí no se sigue que la Iglesia deba suspender el discernimiento, callar ante los errores o proclamar que ese gobernante es intocable.
Dios usó a Ciro. También usó a Nabucodonosor. También usó a Faraón. También usó a Pilato. La soberanía de Dios sobre la historia no convierte automáticamente a todos sus instrumentos en modelos espirituales.
Por eso, decir “Dios puede usar a Abelardo” es una afirmación teológicamente posible. Pero decir “Abelardo es el mesías de Colombia” es una afirmación espiritualmente peligrosa.
Una fe que vota, pero no se arrodilla
El cristiano colombiano debe votar con seriedad, pero no con histeria. Con convicción, pero no con idolatría. Con principios, pero no con fanatismo. Con esperanza, pero no con ingenuidad.
Puede evaluar a Abelardo de la Espriella, a Iván Cepeda, a Paloma Valencia, a Sergio Fajardo o a cualquier otro candidato. Puede revisar sus propuestas sobre seguridad, economía, familia, justicia, libertad religiosa, educación, salud, corrupción, paz, Fuerza Pública y respeto institucional. Puede preferir a uno sobre los demás. Eso hace parte de la responsabilidad ciudadana.
Pero ningún cristiano debería entregar su conciencia a un candidato, a un pastor, a una campaña o a una emoción colectiva.
El criterio bíblico no es si un candidato pronuncia muchas veces la palabra Dios. El criterio bíblico es el fruto. Jesús dijo que por sus frutos los conoceríamos. Eso exige examinar carácter, verdad, dominio propio, humildad, justicia, coherencia, respeto por la dignidad humana, transparencia, trato al adversario, relación con el dinero, respeto por las instituciones y capacidad de rendir cuentas.
No basta decir “Cristo”. No basta decir “familia”. No basta decir “patria”. No basta decir “valores”. En la Biblia, usar el nombre de Dios en vano también puede ocurrir desde una tarima política.
La Iglesia debe preguntarse: si este candidato llega al poder y se equivoca, ¿tendremos la libertad de corregirlo? Si miente, ¿lo denunciaremos? Si abusa, ¿lo confrontaremos? Si se rodea de corrupción, ¿guardaremos silencio? Si traiciona principios bíblicos, ¿seguiremos justificándolo porque “Dios lo puso”?
La respuesta a esas preguntas revela si la Iglesia está actuando como conciencia profética o como comité de campaña.
Colombia no necesita una Iglesia muda ante la izquierda y ciega ante la derecha. Tampoco necesita una Iglesia que condene los pecados del adversario y excuse los pecados del aliado. Colombia necesita una Iglesia capaz de decir la verdad aunque incomode a todos los bandos.
La misión de la Iglesia no es coronar presidentes. La misión de la Iglesia es anunciar a Cristo, formar discípulos, defender la verdad, practicar la justicia, cuidar al vulnerable, confrontar el pecado y ser luz en medio de una generación confundida.
Si un cristiano vota por Abelardo, que lo haga con argumentos, no con adoración. Si no vota por él, que tampoco sea tratado como enemigo de Dios. La unidad de la Iglesia no puede depender de una campaña presidencial. Cristo no murió para formar una bancada electoral, sino para redimir un pueblo santo.
El verdadero Mesías ya vino. No está en un tarjetón. No necesita encuestas. No depende de alianzas con pastores. No negocia con partidos. No manipula emociones. No promete salvación nacional a cambio de votos.
Su nombre es Jesucristo.
Por eso, ante las elecciones colombianas, la Iglesia debe repetir con firmeza: votaremos, participaremos, opinaremos y defenderemos principios; pero no nos arrodillaremos ante ningún caudillo.
Porque cuando la Iglesia confunde al candidato con el Mesías, deja de ser sal de la tierra y se convierte en parte del sistema que debía iluminar.
Colombia necesita gobernantes justos. Pero la Iglesia necesita algo todavía más urgente: recuperar el discernimiento.
Y el discernimiento comienza cuando recordamos que ningún político, por carismático, religioso o necesario que parezca, puede ocupar el trono que solo le pertenece a Cristo.
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