¿Por qué votaré por Paloma y no por Abelardo?

La Biblia, que es Palabra de Dios y sabiduría por excelencia, nos invita constantemente a vivir por convicciones y no simplemente por emociones. Y esto, llevado al terreno de la política, resulta profundamente necesario, porque pocas cosas son tan fáciles de manipular como la emocionalidad humana cuando no está gobernada por la verdad, la razón y el discernimiento. Quienes han estudiado el marketing político lo saben perfectamente: las masas pueden ser movidas por el miedo, la rabia, la esperanza, la frustración, la indignación o el deseo de cambio. La emoción puede ser legítima, porque todos somos seres humanos y todos sentimos; pero cuando reemplaza al juicio y al análisis, termina convirtiéndose en una puerta abierta para la manipulación.


Hoy las campañas políticas ya no se limitan a presentar ideas, propuestas o programas de gobierno. Estudian emociones, frustraciones, hábitos de consumo, perfiles psicológicos, temores colectivos y deseos sociales. Con esa información se construyen discursos, símbolos, enemigos y promesas capaces de mover multitudes. Por eso muchas veces el show termina pesando más que la propuesta; el grito emociona más que el argumento; la frase encendida mueve más que el documento técnico; y las luces, el humo y los aplausos terminan sustituyendo el análisis sereno de la realidad.


Por eso considero que el cristiano, y en general todo ciudadano responsable, debe preguntarse no solo quién lo emociona más, sino quién ha dado mejores frutos. La Biblia nos ofrece un criterio claro: “por sus frutos los conocerán”. No por sus promesas, no por su capacidad de llenar una plaza, no por la fuerza con la que diga lo que todos queremos oír, sino por sus frutos. Y es ahí donde centro mi análisis. Yo también deseo una Colombia segura, sin violencia, sin guerrillas narcoterroristas, sin cultivos de coca, sin corrupción, con salud, educación, infraestructura vial, justicia y competitividad. Pero no puedo escoger a un candidato simplemente porque proclame eso con más fuerza, más espectáculo o mayor habilidad emocional. Debo mirar el pasado, el presente y la coherencia de lo que podría ser su futuro gobierno.


Y es ahí donde Abelardo no pasa mi evaluación. No lo digo desde el odio, ni desde el fanatismo, ni desde una emoción contraria a la emoción de otros. Lo digo desde una preocupación ciudadana real. Me inquieta su pasado político, sus cercanías previas, los entornos en los que ha estado, las afinidades que alguna vez expresó o permitió ver, y las relaciones públicas o personales que hoy resultan difíciles de explicar para quien pretende presentarse como una opción confiable para la derecha colombiana. Entiendo que todo ser humano puede cambiar, y también entiendo que en la vida profesional muchas personas terminan relacionándose con personajes complejos; pero cuando se aspira a gobernar una nación, la ciudadanía tiene derecho a mirar con lupa no solo lo que se dice hoy en campaña, sino también los vínculos, las amistades, las coherencias y las contradicciones del pasado.


También me preocupa su verdadera capacidad de gobierno. Una cosa es hacer campaña y otra muy distinta es gobernar. Colombia ya vivió recientemente la experiencia de elegir a alguien que sabía emocionar a las masas, pero a quien el gobierno le quedó grande. Gobernar no consiste únicamente en tener buenas intenciones ni en decir frases que produzcan aplausos. Gobernar exige conocer el Estado, respetar la institucionalidad, rodearse de equipos técnicos sólidos, entender la democracia, administrar recursos, ejecutar políticas públicas, mantener equilibrio fiscal, preservar el orden y tomar decisiones complejas sin dejarse arrastrar por el espectáculo. El país no necesita otro experimento emocional; necesita conducción seria, carácter, prudencia y capacidad real.


Hay, además, un asunto que no puedo ignorar: el despliegue de campaña. Quienes hemos estado cerca de procesos electorales sabemos que una campaña nacional, con recorridos, eventos, producción audiovisual, comunicaciones, movilización territorial, redes sociales, asesoría estratégica y equipos profesionales, cuesta muchísimo dinero. Cuando lo que se ve públicamente parece muy superior a lo que se explica con claridad sobre el origen de los recursos, es legítimo preguntarse quién financia, quién asesora, quién acompaña y qué intereses podrían estar detrás. No hago una afirmación judicial; hago una pregunta ciudadana. Y en democracia las preguntas ciudadanas son válidas, especialmente cuando se trata de alguien que aspira a manejar el poder del Estado.


Por eso, al comparar, encuentro en Paloma una trayectoria más coherente. No digo que sea perfecta, porque ningún ser humano lo es. Tampoco afirmo que no haya cometido errores, porque todos los políticos los cometen y todos los ciudadanos debemos tener la madurez de reconocerlo. Pero en Paloma veo una línea identificable, una carrera pública construida en el tiempo, una postura ideológica clara y una coherencia que, aunque pueda ser criticada, no parece improvisada ni fabricada para la coyuntura electoral. Paloma ha mantenido una posición, ha defendido unas convicciones y ha permanecido en una línea política reconocible. Eso, para mí, tiene valor en medio de un país donde muchos cambian de discurso según la oportunidad del momento.


Votaré por Paloma porque, a pesar de sus errores, representa para mí una opción más coherente, más identificable y más seria. Porque no aparece como una emoción pasajera ni como una figura construida únicamente por el espectáculo electoral. Porque ha hecho carrera, ha sostenido una visión de país y ha demostrado carácter en escenarios difíciles. También votaré por ella porque considero que Colombia necesita más liderazgo femenino con autoridad, firmeza, sensibilidad y sentido de orden. Las mujeres han demostrado muchas veces una extraordinaria capacidad para cuidar, administrar, organizar y sostener lo que los hombres hemos descuidado. Mientras muchos hombres hemos dejado la cama desatendida cada mañana, muchas mujeres la han arreglado por décadas, manteniendo el orden de la casa, de la familia y de la vida cotidiana. Esa imagen, aunque sencilla, dice mucho sobre la disciplina silenciosa que también necesita una nación.


Mi esperanza final, sin embargo, no está puesta en Paloma ni en ningún candidato. Mi esperanza está puesta en Dios. Él tiene el control de Colombia, aun cuando nosotros no entendamos completamente los tiempos, los procesos ni los gobiernos que permite. Muchas veces Dios permite líderes para bendecir a una nación, y otras veces permite gobernantes para confrontar al pueblo con sus propios errores, para que deje de poner su confianza absoluta en los hombres y vuelva sus ojos al Señor. Por eso no puedo decir que un candidato sea la salvación del país. Ningún político es Dios.


Pero como ciudadano debo votar, y mi voto debe ser un acto de discernimiento. No votaré por emoción, ni por rabia, ni por miedo, ni por el candidato que mejor sepa encender una multitud. Votaré mirando frutos, trayectoria, coherencia, capacidad y confianza. Por eso votaré por Paloma y no por Abelardo. Porque prefiero una trayectoria imperfecta pero reconocible, antes que una emoción intensa pero incierta. Porque prefiero evaluar frutos antes que dejarme arrastrar por el espectáculo. Porque creo que Colombia necesita menos manipulación emocional y más sabiduría. Y porque, al final, sigo creyendo que la sabiduría no depende del dinero, del nivel académico ni del ruido de una plaza, sino de la capacidad de ver la realidad con prudencia, verdad y temor de Dios.


Que Dios tenga misericordia de Colombia.

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