No me volví de izquierda: sigo pensando con principios
En política, muchas personas hablan con absoluta seguridad de “derecha” e “izquierda”, aunque pocas se han detenido a estudiar el origen de estas categorías, su desarrollo histórico, sus fundamentos filosóficos o las diferencias entre conservadurismo, liberalismo, socialdemocracia, nacionalismo, populismo y libertarismo. La identidad política se ha reducido, demasiadas veces, a seguir personas, partidos y consignas.
En algunas de mis últimas columnas, viejos copartidarios me han señalado de haberme vuelto de izquierda. Al parecer, cuestionar las actuaciones de un dirigente identificado como conservador, reclamar responsabilidad social o reconocer que el Estado posee obligaciones frente a la población vulnerable basta para recibir esa etiqueta.
No me he vuelto de izquierda. Tampoco he abandonado mis convicciones. Lo que ocurre es que nunca he entendido el conservadurismo como obediencia ciega a un líder, defensa automática de un partido o justificación de todo aquello que haga un gobierno catalogado como de derecha.
Para muchos ciudadanos, una persona es de derecha porque pertenece al Partido Republicano en Estados Unidos, al Partido Conservador o al Centro Democrático en Colombia. Sin embargo, una credencial partidista no garantiza coherencia ideológica. Un dirigente puede presentarse como conservador y, al mismo tiempo, actuar de manera populista, autoritaria, fiscalmente irresponsable o contraria a la dignidad humana.
La política contemporánea se ha convertido en una competencia de personalidades. Se siguen nombres antes que principios. Se defiende al líder favorito incluso cuando contradice sus promesas, reproduce los vicios de sus adversarios o abandona aquello que decía representar. El caudillo sustituye a la doctrina y la disciplina partidista reemplaza el ejercicio de la conciencia.
Por eso no me defino simplemente como una persona de derecha. Esa denominación resulta demasiado amplia y ambigua. Personalmente, me identifico con el conservadurismo social cristiano con responsabilidad pública.
Soy conservador porque creo en Dios, la familia, la tradición, la autoridad legítima, el orden jurídico, la propiedad privada, el trabajo, la libertad, la responsabilidad individual y la solidez de las instituciones. Pero conservar no significa justificar la injusticia ni oponerse irracionalmente a toda transformación. Significa promover cambios prudentes, respetar las enseñanzas de la historia y proteger aquello que ha demostrado ser valioso para la convivencia humana.
Mi conservadurismo es social porque el ser humano no vive aislado. Pertenece a una familia, a una comunidad y a una nación. La libertad es esencial, pero no puede separarse del deber, la solidaridad y la responsabilidad frente al prójimo. Defender la iniciativa privada no obliga a ignorar la pobreza. Valorar el mérito no significa abandonar a quienes parten de condiciones profundamente desiguales.
Es cristiano porque reconoce a Dios como autoridad moral superior al Estado, al mercado, al partido y al gobernante. Ningún dirigente merece una adhesión incondicional. La dignidad humana no depende de la riqueza, la productividad, la condición social, la edad o la utilidad electoral. Toda persona posee un valor intrínseco y, por tanto, merece justicia, respeto y protección.
Finalmente, incorpora responsabilidad pública porque no creo en un Estado omnipresente, pero tampoco en un gobierno ausente. El Estado debe ser limitado, eficiente, fiscalizado y respetuoso de las libertades. Sin embargo, tiene obligaciones irrenunciables en justicia, seguridad, infraestructura, educación básica, salud pública, protección de la niñez y defensa de los vulnerables.
Creer que la economía debe estar al servicio de la dignidad humana no me convierte en socialista. Exigir responsabilidad a los empresarios no me hace enemigo de la empresa privada. Criticar a un político de derecha no me vuelve de izquierda. Y reconocer los errores de mi propio sector no constituye traición: constituye honestidad intelectual.
No cambié de principios. Tal vez algunos cambiaron los principios por personas. Yo prefiero examinar cada propuesta, cada conducta y cada gobierno a la luz de mis convicciones. Porque el verdadero conservadurismo no consiste en conservar políticos, sino valores.
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