Segunda vuelta presidencial Colombia

Entre la decepción política y la esperanza en Dios.

La campaña presidencial colombiana comenzó con un amplio abanico de candidatos. Fueron cerca de cien nombres, provenientes del centro, la derecha y la izquierda. Entre ellos había personas valiosas, trayectorias respetables y propuestas que, al menos en el papel, merecían ser escuchadas con seriedad.


A medida que avanzó la campaña, tres candidaturas se fueron separando del lote: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. En mi opinión, Paloma representaba una de las opciones más sólidas por su recorrido político, su experiencia pública y la ausencia de grandes cuestionamientos judiciales o éticos en su trayectoria, algo difícil de encontrar en quienes han dedicado décadas a la vida pública.


Cepeda y Abelardo, por su parte, llegaron a la recta final rodeados de fuertes señalamientos por parte de sus opositores y defendidos con igual intensidad por sus seguidores. Ambos han tenido relaciones o actuaciones públicas que sus adversarios han usado como armas de campaña. Los defensores de Abelardo sostienen que ciertas relaciones cuestionadas se dieron en el ejercicio de su profesión como abogado penalista. Los defensores de Cepeda afirman que sus acercamientos con sectores armados se explican por su papel como senador, defensor de derechos humanos y gestor de paz.


Sin embargo, el debate público terminó degradándose hasta un punto absurdo: ya no parecía importar tanto la relación con actores criminales, sino si esos actores estaban asociados a estructuras guerrilleras o paramilitares. Como si el narcotráfico, la violencia, la corrupción y la muerte cambiaran de naturaleza dependiendo del brazalete ideológico que los acompañe. Esa forma de razonar me parece moralmente inaceptable.


La primera vuelta cerró con Abelardo en el primer lugar y Cepeda muy cerca en el segundo. Pero más allá de los números, lo que quedó fue una profunda herida en el lenguaje político nacional. Se escucharon discursos vergonzosos. De un lado, acusaciones que vinculaban al adversario con narcotraficantes paramilitares. Del otro, señalamientos que lo asociaban con narcotraficantes guerrilleros. Colombia volvió a quedar atrapada en la vieja enfermedad de convertir al contradictor en enemigo absoluto.


También queda una pregunta dolorosa sobre lo ocurrido con Paloma Valencia. ¿Fue realmente respaldada por su partido? ¿O fue abandonada por sectores que en público decían apoyarla, pero en la práctica terminaron mirando hacia otro lado? Resulta difícil explicar que una colectividad con una bancada importante no hubiera reflejado con mayor contundencia ese capital político en las urnas. Tal vez nunca sabremos si hubo cálculos, silencios, traiciones o acuerdos previos. Pero la duda queda sembrada.


En mi percepción personal, los votos obtenidos por Paloma no pueden interpretarse simplemente como votos propios de su partido o de su candidatura. Creo que, por lo menos, 1.2 millones de esos votos reflejan el respaldo de ciudadanos que venían acompañando a Juan Daniel Oviedo y que encontraron en ella una opción posible, razonable o circunstancial dentro del escenario de primera vuelta. Esa lectura, por supuesto, no pretende ser una verdad absoluta ni una medición matemática exacta, sino una interpretación política de lo que muchos sentimos en medio de una campaña profundamente compleja.


Ahora Colombia llega a la segunda vuelta con tres caminos posibles: Abelardo, Cepeda o el voto en blanco. Ninguno de esos caminos parece fácil. Ambos candidatos tienen bases fieles, pero ambos necesitan conquistar los votos de quienes no pasaron a la segunda vuelta. Ese es precisamente el gran reto: pedir respaldo a ciudadanos que, durante la primera vuelta, fueron ignorados, despreciados o incluso ofendidos.


Y aquí debo hablar desde mi propia conciencia: yo, al igual que tal vez más de un millón de colombianos, hoy no me veo representado, no me siento identificado, no me reconozco políticamente, ni en Abelardo ni en Cepeda. No se trata de capricho, resentimiento o indiferencia. Se trata de una profunda dificultad ética, ideológica y espiritual para elegir entre dos opciones que, por razones distintas, generan serias preocupaciones.


En política, algunos sectores parecen haber normalizado una incoherencia peligrosa. En primera vuelta se habla de principios, coherencia, dignidad y convicción. En segunda vuelta, de repente, todo vale, todo suma y todo se justifica. Partidos que fueron despreciados ayer terminan arrodillados hoy. Dirigentes que fueron atacados durante semanas aparecen después en la misma tarima, sonriendo para la foto. La “extrema coherencia” parece tener fecha de vencimiento: dura hasta el cierre de la primera vuelta; incluso, se grita en tarima mientras en privado se negocia con “los de siempre”


Frente a Cepeda, tengo profundas preocupaciones ideológicas. Su propuesta representa, para muchos colombianos, la continuidad de un proyecto político de izquierda que ha despertado temores legítimos en materia económica, institucional, de seguridad y de libertades. Sin embargo, no se puede ignorar que cerca de la mitad del país ve en él una opción válida. Esa realidad debe ser entendida, no simplemente insultada.


Frente a Abelardo, también existen preguntas serias. Su discurso de fuerza, confrontación y ruptura institucional entusiasma a muchos ciudadanos cansados del desorden, la inseguridad y la impunidad. Pero una nación no se gobierna solo con rabia, carisma o frases contundentes. Gobernar exige prudencia, capacidad técnica, respeto institucional y grandeza para unir a quienes piensan distinto.


Y frente al voto en blanco, aparece otra pregunta: ¿es una expresión legítima de conciencia o termina siendo una renuncia práctica a influir en el resultado? Cada ciudadano deberá responderlo delante de su conciencia, de su razón y, para quienes creemos, delante de Dios.


Como cristiano, me niego a llamar mesías a cualquier candidato. Ninguno es Ciro. Ninguno es enviado especial del cielo. Ninguno reúne plenamente los criterios bíblicos de justicia, humildad, verdad, temor de Dios y servicio al pueblo. Ninguno merece ocupar el lugar que solo le corresponde al Señor.


Por eso, ante una decisión difícil, mi esperanza no está en Abelardo, ni en Cepeda, ni en el voto en blanco. Mi esperanza está en Dios. La historia bíblica demuestra que Dios puede usar incluso a gobernantes imperfectos, incrédulos o perversos para cumplir sus propósitos, preservar a su pueblo y manifestar su gloria.


No es con santos canonizados por hombres. No es con estatuas. No es con amuletos, pulseras, rezos mecánicos, conjuros ni símbolos vacíos. Es únicamente con Dios Padre, por medio de Jesucristo, en el poder del Espíritu Santo.


Colombia necesita votar con conciencia, sí. Pero sobre todo necesita humillarse delante de Dios, arrepentirse de su idolatría política, abandonar el odio y recuperar el temor del Señor. Porque cuando la política se convierte en religión, los candidatos se vuelven ídolos y el pueblo termina arrodillado ante hombres que no pueden salvarlo.


Solo Dios salva. Solo Dios gobierna sobre la historia. Solo Dios puede hacer posible lo que para nosotros parece imposible.

Comentarios

  1. hermosa reflexión y estoy de acuerdo con el DR. hay mucha gente que se dedico a idolatrar a los candidatos, y dicen voy a votar por fulano pero ni siquiera saben sus propuestas, yo solamente le pido a Dios que sea el quien tome el control de nuestra Colombia querida, porque a veces, Dios permite muchas cosas dolorosas y trágicas para hacer que el pueblo se doblegue y se arrodille.

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