Cuando fue que dejamos de pensar

Estas líneas las escribo con profundo desconcierto. Hoy estuve hablando con mi amigo Duber, dueño de un medio de comunicación del Tolima. Él venía de entrevistar al exgobernador Ricardo Orozco, cuyo nombre vuelve a mencionarse para la Gobernación, pese a los cuestionamientos y denuncias públicas que han acompañado su trayectoria. Le pregunté si no veía otras opciones. Su respuesta me dejó perplejo: “Según lo que veo, serán los mismos de siempre”.


La frase podría tomarse como una simple lectura electoral. A mí me pareció algo más grave: una señal de resignación.


¿Los mismos de siempre? ¿En un departamento de más de 1,2 millones de habitantes?


No discuto el derecho de nadie a aspirar. Tampoco creo que haber gobernado antes descalifique, por sí solo, a una persona. Cuando alguien lo hace bien, entrega resultados, cuida los recursos públicos y merece continuar un legado, es razonable que reciba nuevamente la confianza ciudadana. El problema aparece cuando dejamos de evaluar y convertimos la repetición en destino.


Lo más extraño es que el Tolima no se comporta así en las elecciones presidenciales. En 2022 respaldó ampliamente a Rodolfo Hernández frente a Gustavo Petro. Cuatro años después volvió a inclinarse, también con una diferencia clara, por Abelardo de la Espriella frente a Iván Cepeda. Más allá de las diferencias entre ambos candidatos, hay un elemento común: lograron presentarse ante el electorado como figuras alejadas de las maquinarias tradicionales, de los acuerdos de siempre y de las costumbres corruptas asociadas a partidos y clanes políticos.


En las presidenciales aparece una voz inconforme, viva y hasta rebelde. El elector parece decir que está cansado, que quiere otra cosa, que no desea seguir obedeciendo a quienes durante décadas han administrado el poder. Sin embargo, llegan las elecciones locales y aquella rebeldía se desvanece. Las preguntas se apagan, la memoria se vuelve corta y las conciencias regresan, casi dócilmente, a los mismos directorios y a las mismas dependencias.


¿Por qué esa valentía frente al poder nacional desaparece cuando el poder está más cerca?


Tal vez porque las Presidenciales se vota por una idea, pero en el municipio, las locales y regionales, se vota bajo presión de la necesidad. El contrato, el puesto, la recomendación, el subsidio, el favor pendiente o el temor a perder una oportunidad pesan más que cualquier discurso sobre libertad. Cuando la supervivencia condiciona la voluntad, el voto conserva su forma democrática, pero pierde parte de su independencia.


Pensar, razonar, cuestionar y decidir con responsabilidad son capacidades básicas del ser humano. Renunciar a ellas nos empobrece como ciudadanos y termina condenando al territorio. Un departamento no permanece atrasado únicamente por falta de carreteras, industrias o inversión. También se atrasa cuando su población deja de imaginar alternativas y acepta que el poder pertenece por derecho propio a un pequeño grupo.


No sé quién será el próximo gobernador. Lo que sí sé es que el Tolima debería tener decenas de mujeres y hombres preparados para ofrecer algo distinto.


Si al final vuelven a ser los mismos, no bastará con culparlos a ellos.


También tendremos que preguntarnos en qué momento dejamos de pensar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS “FARAONES” DEL SIGLO XXI

Entre el galanteo y la verdad

Salud en Colombia: el diagnóstico sobra, lo que falta es el tratamiento