El pecado antiguo vestido de progreso

Por: Ismael Perdomo


Hoy, en 2026, la humanidad habla con frecuencia de evolución, progreso y progresismo. Se afirma que somos sociedades más modernas, más libres, más abiertas y más avanzadas que las del pasado. Sin embargo, cuando miramos con seriedad la Biblia, la teología, la historia, la sociología y la arqueología cristiana, descubrimos una verdad incómoda: muchos de los pecados que hoy se presentan como novedad cultural no son nuevos. Son antiguos. Son la repetición de prácticas milenarias, ahora vestidas con lenguaje político, académico, mediático y tecnológico.


La Biblia no presenta al ser humano como una criatura naturalmente neutra o moralmente ascendente. Desde Génesis, el problema central de la humanidad no ha sido la falta de civilización, sino la rebelión contra Dios. En Edén, la serpiente no ofreció simplemente desobediencia; ofreció autonomía: “seréis como Dios”. En Babel, la humanidad no era atea, sino orgullosa: “hagámonos un nombre”. En Sodoma, la abundancia, la soberbia, la violencia, la inmoralidad y el desprecio por el vulnerable se convirtieron en cultura pública. En Canaán, la idolatría se mezcló con sexualidad, fertilidad y sacrificios. En Corinto, el cuerpo fue reducido al placer, la comunidad se dividió por orgullo y la iglesia fue tentada a pensar como la ciudad. En Éfeso, la hechicería y la idolatría no eran solamente prácticas religiosas, sino también economía, comercio e identidad social.


Por eso debemos preguntarnos: ¿lo que hoy se llama progresismo es siempre progreso? La respuesta bíblica es no. Hay avances reales que una sociedad debe celebrar: proteger la vida, defender al pobre, educar mejor, combatir la corrupción, frenar el abuso, atender al enfermo y garantizar justicia. Todo eso puede ser expresión de bien común y de responsabilidad moral. Pero otra cosa muy distinta es llamar progreso a la normalización del pecado. Cuando una sociedad presenta la inmoralidad como libertad, la idolatría como espiritualidad, la brujería como energía, el desenfreno como autenticidad, la violencia como reivindicación, la traición como estrategia y la confusión moral como evolución, no estamos ante progreso verdadero. Estamos ante el viejo pecado humano con nuevo empaque cultural.


La oferta de pecado parece abundar hoy en cada ciudad, en cada esquina y aun dentro del hogar. Antes, muchas tentaciones estaban en templos paganos, plazas, mercados, fiestas o puertos. Hoy llegan al bolsillo, a la pantalla, al dormitorio y a la mente. La diferencia no está en que el pecado sea nuevo, sino en que ahora tiene distribución digital, legitimación social, protección política, fuerza económica y promoción permanente. La tecnología no creó el corazón caído, pero sí amplificó su alcance.


La sociología nos ayuda a entender cómo ocurre la normalización. Una conducta primero se tolera, luego se repite, después se organiza, más tarde se defiende y finalmente se exige que todos la celebren. Pero que algo sea aceptado por una mayoría no significa que sea bueno delante de Dios. La historia está llena de sociedades que legalizaron injusticias, celebraron ídolos y persiguieron a los justos.


Aquí es importante no confundir los términos. El conservadurismo político, cuando busca conservar principios bíblicos como la vida, la familia, la verdad, la justicia, la libertad de conciencia, la responsabilidad moral y la dignidad humana, no debe ser desfigurado ni confundido con la defensa ciega de cualquier tradición. También hay tradiciones pecaminosas que deben ser corregidas. El cristiano no conserva todo pasado ni acepta todo futuro. El cristiano conserva la verdad de Dios.


Por eso, el problema del progresismo ideológico contemporáneo no es que quiera corregir injusticias reales. El problema surge cuando pretende redefinir la vida, el cuerpo, la sexualidad, la familia, la verdad y la identidad humana contra el diseño de Dios. En ese punto, ya no es progreso: es la repetición de prácticas pecaminosas milenarias, presentadas como liberación.


La Biblia lo resume con claridad: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!” No todo lo que avanza viene de Dios. No toda novedad es sabiduría. No toda libertad libera. El verdadero progreso de un pueblo no consiste en alejarse de Dios, sino en volver a Él. Porque el mundo no necesita un pecado más sofisticado. Necesita arrepentimiento, verdad y redención en Jesucristo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS “FARAONES” DEL SIGLO XXI

Entre el galanteo y la verdad

Salud en Colombia: el diagnóstico sobra, lo que falta es el tratamiento