La noche en que soñé con el cielo
El miércoles 11 de noviembre de 2020 desperté con una alegría difícil de explicar. La noche anterior había tenido un sueño extraño, intenso, de esos que no se borran al abrir los ojos.
Soñé que había ido al cielo, aunque no estaba muerto. No vi a Dios, pero sentía Su presencia. Era una certeza, no una imagen. El cielo se parecía a un gran castillo o a un edificio inmenso, lleno de ángeles ocupados en distintas tareas. Ninguno estaba quieto. Cada uno parecía saber exactamente qué debía hacer.
Vi también las puertas del cielo. Dos ángeles las custodiaban; uno tenía algo parecido a una hoz y el otro una lanza. Desde allí se alcanzaba a ver la tierra.
De repente ya no estaba en el cielo. Caminaba por la tierra junto a un ángel. Entramos en una iglesia de aspecto católico y, apenas crucé la puerta, comencé a llorar. Lloraba sin poder detenerme. Sentía el dolor de la gente, aunque no conocía sus historias. Era como si toda su tristeza hubiera caído sobre mí de una sola vez.
El ángel me preguntó por qué lloraba tanto.
Yo le respondí:
—¿No siente el dolor de toda esta gente? ¿Por qué están sufriendo así?
Entonces entendí que podía acercarme a ellos, cerrar los ojos y soplar. Lo hice. Cada vez que soplaba sobre una persona, sentía que su dolor disminuía. Y mientras ellos encontraban alivio, yo también dejaba de llorar.
Después salimos de la iglesia y nos encontramos con una niña. La niña estaba en peligro una y otra vez. Primero intentaba ahogarse en medio de una inundación causada por un fuerte invierno. Luego estábamos dentro de un bus que sufría un accidente. El ángel y yo luchábamos por salvarla.
Ahí desperté.
Lo sorprendente es que no desperté asustado. Estaba muy feliz. Sentía paz y una alegría limpia, serena. Al día siguiente una estrofa de una canción se quedó dando vueltas en mi mente: “Aliento de vida Tú me darás, una fe nueva para estrenar”.
La cantaba mientras me duchaba y volví a llorar. Entonces comencé a cantar en lenguas. Eso ya no ocurrió dentro del sueño. Estaba despierto y era plenamente consciente.
No pretendo convertir esta experiencia en doctrina ni afirmar que cada detalle tenga una interpretación segura. La Biblia enseña que Dios puede hablar mediante sueños, pero también nos obliga a examinarlo todo a la luz de Su Palabra. Un sueño personal nunca puede colocarse al nivel de las Escrituras.
Con los años he pensado mucho en aquella noche. Lo que más me impresiona ya no es haber soñado con el cielo ni haber visto ángeles. Es el dolor de aquellas personas. Como médico he visto sufrimientos que ningún examen logra medir. Hay heridas que no aparecen en una radiografía y tristezas que no caben en una historia clínica.
Tal vez el soplo no hablaba de un poder mío, sino de la vida que solo Dios puede dar. En la Biblia, el aliento pertenece a Él. Dios sopló vida sobre el hombre; Jesús sopló sobre sus discípulos y les habló del Espíritu Santo. Yo no era la fuente. Apenas era un instrumento.
Y tal vez aquella niña representaba algo que todavía necesita ser rescatado: una vida vulnerable, una generación herida, un niño al borde de perder la esperanza. No lo sé con certeza.
Lo que sí sé es que aquella noche me dejó una pregunta que todavía me acompaña: ¿somos capaces de sentir el dolor de los demás o nos hemos acostumbrado a pasar de largo?
No puedo demostrar lo que soñé. Tampoco necesito hacerlo. Me basta con recordar su fruto: desperté deseando servir, aliviar, consolar y proteger la vida.
Quizá esa sea la mejor forma de discernir una experiencia espiritual. No por lo extraordinaria que parezca, sino por cuánto nos acerca al corazón de Cristo.
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