Ibagué está creciendo, pero dejando de renovarse

Por Ismael Perdomo, pediatra y epidemiólogo

Hoy escribo sobre Ibagué, una ciudad que llevo en el corazón. Vivo en Orlando, Florida, que tampoco es ajena al fenómeno poblacional que está transformando al mundo: nacen menos niños, aumenta la población mayor y cambia la demanda de servicios educativos, sociales y sanitarios.


Las ciudades no envejecen de un día para otro. Primero disminuyen los nacimientos, se reducen las matrículas en jardines y colegios, algunas unidades obstétricas y neonatales pierden pacientes y comienzan a cerrar, mientras aumenta silenciosamente la proporción de adultos mayores. Cuando la población finalmente percibe el cambio, la transición demográfica lleva años avanzando.


Eso está ocurriendo en Ibagué.


En 2005 nacieron 8.315 niños residentes en la ciudad y murieron 2.496 personas. Por cada 100 defunciones se registraban 333 nacimientos. Veinte años después, las cifras preliminares de 2025 muestran 4.761 nacidos vivos y 4.035 defunciones no fetales: apenas 118 nacimientos por cada 100 muertes.


El crecimiento natural —la diferencia entre quienes nacen y quienes mueren— pasó de 5.819 personas en 2005 a solo 726 en 2025. La tasa bruta de natalidad cayó de aproximadamente 17,6 a 8,6 nacimientos por cada 1.000 habitantes.


Ibagué tiene más población que hace veinte años, pero nacen cerca de 3.500 niños menos cada año. La ciudad todavía crece por la inercia demográfica y los movimientos migratorios, pero cada vez se renueva menos.


Desde la pediatría y la epidemiología, este cambio obliga a revisar la forma en que se planean los servicios. Menos nacimientos significan menos partos, menos recién nacidos y una demanda menor de camas obstétricas y neonatales. Los costos fijos, sin embargo, permanecen.


Una unidad maternofetal necesita ginecólogos, pediatras, anestesiólogos, médicos generales, enfermeras, auxiliares, terapeutas, equipos, medicamentos y disponibilidad permanente. Cuando disminuyen los partos, las tarifas son insuficientes y los pagos llegan tarde o incompletos, la sostenibilidad se vuelve difícil.


Esto ayuda a explicar el cierre progresivo de unidades maternofetales que funcionaron durante décadas, así como de otras inauguradas recientemente. No significa que la atención maternoinfantil haya dejado de ser necesaria. Cada embarazo, parto y recién nacido requiere atención segura y oportuna. Significa que la infraestructura debe responder a la demanda real, funcionar como una red regional y tener financiación sostenible.


Los hospitales altamente tecnificados son necesarios. Una mujer con preeclampsia grave, un recién nacido prematuro o un niño críticamente enfermo necesita especialistas, equipos y unidades de alta complejidad. Pero una política sanitaria no puede limitarse a construir lugares donde atender la enfermedad cuando ya apareció.


La prioridad debe ser evitar que las personas terminen en esos edificios.


En salud maternoinfantil esto supone atención preconcepcional, control prenatal temprano, nutrición adecuada, vacunación, prevención del embarazo adolescente, detección de hipertensión y diabetes gestacional, promoción de la lactancia y seguimiento del crecimiento y desarrollo. En la población general exige prevenir obesidad, diabetes, enfermedad cardiovascular, cáncer, discapacidad y dependencia funcional.


Si la tendencia continúa, hacia 2035 Ibagué podría registrar entre 3.500 y 4.000 nacimientos anuales, con un número de defunciones similar o incluso superior. No es una predicción exacta, sino un escenario construido a partir del comportamiento de las últimas dos décadas.


La ciudad tendrá menos niños y una proporción mayor de adultos mayores. Necesitará menos aulas en algunos sectores, pero más atención para enfermedades crónicas, rehabilitación, salud mental, cuidado domiciliario y dependencia. Al mismo tiempo, deberá proteger mejor a una población infantil más pequeña, pero no necesariamente más sana.


Vivo en Estados Unidos y observo enormes estructuras hospitalarias, hermosas, elegantes y altamente tecnificadas. Sin embargo, no siempre existe una política pública de promoción de la salud y prevención de la enfermedad tan claramente definida y articulada como la que jurídicamente tiene Colombia. Incluso algunas acciones de control prenatal dependen de las decisiones y coberturas de cada aseguradora.


Colombia posee una fortaleza jurídica e institucional que muchas naciones no tienen. El problema no siempre es la ausencia de normas, sino la falta de continuidad, articulación y cumplimiento.


Gobernar no puede reducirse al inmediatismo de inaugurar obras y cortar cintas. Se debe comenzar por el problema raíz y planear más allá del periodo de gobierno, pensando en los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de quienes hoy habitamos la ciudad.


El éxito de una política de salud no se mide por cuántos edificios inaugura, sino por cuántas personas logra mantener lejos de una cama hospitalaria.

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