La campaña terminó: ahora hablarán los frutos
En una columna anterior manifesté mis dudas sobre la sinceridad de la conversión cristiana proclamada por Abelardo de la Espriella cuando todavía era candidato a la Presidencia de Colombia.
Mi cuestionamiento no surgía de negar el poder transformador de Dios. La Biblia enseña que la salvación está disponible para todos y que Dios puede tomar lo vil, lo menospreciado y aquello que el mundo considera indigno para manifestar su gloria. Ninguna historia personal es tan oscura que la gracia de Jesucristo no pueda transformarla.
Mis dudas nacían de una realidad conocida en la política colombiana. Durante las campañas electorales, los candidatos buscan con especial interés a las comunidades de fe, conscientes de que una amplia mayoría de los colombianos se identifica con el cristianismo, ya sea católico o protestante.
Los vemos asistir a iglesias, participar en oraciones, recibir imposiciones de manos y utilizar un lenguaje cercano a los creyentes. Sin embargo, algunos de ellos participan después, con la misma facilidad, en ceremonias pertenecientes a tradiciones religiosas completamente contrarias al cristianismo. Parecería que su expresión espiritual no depende de aquello en lo que realmente creen, sino del público frente al cual se encuentran.
La fe no puede convertirse en una estrategia de segmentación electoral ni en un mecanismo para conquistar el voto cristiano.
La Biblia nos enseña que solamente Dios conoce plenamente el corazón humano. También advierte que el corazón es engañoso y que no todo el que dice “Señor, Señor” hace la voluntad del Padre. Jesús nos llamó a ser prudentes frente a los falsos profetas y nos dejó un criterio claro para discernir: “Por sus frutos los conoceréis”.
Cuando escribí aquella columna, conocía principalmente el fruto público que durante años habían mostrado los medios de comunicación sobre De la Espriella. Su relato de conversión apareció con especial intensidad durante la campaña presidencial. En ese contexto, consideré legítimo preguntarme si estábamos presenciando una conversión verdadera o una estrategia política cuidadosamente calculada.
Hoy, por la misma honestidad con la que expresé mis dudas, debo reconocer lo que he observado después de las elecciones.
Abelardo de la Espriella es el presidente electo de Colombia y asumirá el cargo el próximo 7 de agosto. La campaña terminó. Ya no necesita conquistar votos ni convencer al electorado cristiano. Comienza ahora la etapa en la que las palabras deberán convertirse en decisiones.
Antes de posesionarse, convocó a su gabinete designado a un retiro espiritual. Allí participaron en espacios de oración y reflexión. De rodillas, clamó a Dios por Colombia y entregó a sus futuros ministros ejemplares de la Biblia, presentándola como la mejor guía para gobernar.
Ese acto me agradó profundamente.
Una ceremonia y la entrega de una Biblia no demuestran por sí solas la autenticidad definitiva de una conversión. Solamente Dios conoce el corazón. Sin embargo, constituyen un primer fruto público coherente con la fe que De la Espriella proclamó durante la campaña. Por eso merece ser reconocido.
Desde mi comprensión de las Escrituras, no todas las expresiones espirituales proceden de Dios ni todos los caminos conducen a Él. Cristo afirmó que Él es el camino, la verdad y la vida, y que nadie llega al Padre sino por medio de Él. La Biblia no presenta una zona espiritual neutral: aquello que contradice a Dios y aparta al ser humano de Jesucristo no procede de Dios.
Esto no nos autoriza a despreciar, perseguir ni deshumanizar a quienes profesan otras creencias. El cristiano está llamado a anunciar la verdad con amor, compasión, paciencia y buen ejemplo. El Evangelio no se impone por la fuerza; se proclama con claridad y se demuestra mediante una vida transformada.
La libertad religiosa y el pluralismo tampoco pueden significar que toda expresión espiritual sea respetada, excepto cuando procede del cristianismo. Quienes defendieron el derecho de anteriores mandatarios a participar en ceremonias ancestrales o rituales de otras tradiciones deben reconocer también el derecho del presidente electo a orar con su gabinete, confesar públicamente su fe y entregarles una Biblia.
Pero la Biblia no puede convertirse en un objeto decorativo ni en una fotografía para las redes sociales. Entregarla es apenas el comienzo. Gobernar conforme a sus principios será la verdadera prueba.
A partir del 7 de agosto veremos si esa fe se expresa en la verdad, la justicia, la transparencia, el respeto por la vida, la protección de los vulnerables, la lucha contra la corrupción y el trato digno a los contradictores.
En el pasado expresé un interrogante. Hoy reconozco un primer paso que despierta esperanza.
La campaña terminó.
Ahora hablarán los frutos. Yo tengo Fe en Dios y se que sus promesas son siempre verdad. Tengo Fe que Dios tiene el control de Colombia.
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