Iván Cepeda y la salud: otro diagnóstico sin respuesta al cómo


El otro candidato que se encuentra en la recta final por la carrera presidencial en Colombia es Iván Cepeda. Es un candidato con el que difiero profundamente en su concepción ideológica, teológica y filosófica. Mi autodefinición ideológica, filosófica y política es la de un conservadurismo social cristiano con responsabilidad pública”. Desde allí creo que algunos elementos de sensibilidad social, justicia distributiva y protección del vulnerable pueden y deben ser incorporados a una visión cristiana de la vida pública. Sin embargo, el socialismo, el comunismo y cierto humanismo secular resultan, en principio, contrapuestos al cristianismo, por una razón esencial: sacan a Dios del primer lugar sobre todas las cosas.


Tanto así, que vimos al presidente Gustavo Petro en un discurso blasfemando contra Jesús, tema sobre el cual escribí una columna que puede ser leída: AQUI


A pesar de mis diferencias, debo reconocer algo en Iván Cepeda: su coherencia. Es un candidato cuya vida pública refleja sus creencias y convicciones. No parece ser alguien que apareció de la noche a la mañana con un personaje creado por expertos en marketing político para generar emocionalidad electoral. La coherencia y la sinceridad deben ser reconocidas, incluso cuando estén lejos de mis principios y convicciones.


Más allá de preferencias personales o ideológicas, la realidad electoral muestra un país dividido. Una parte muy importante de Colombia respalda la continuidad del proyecto político de Petro en cabeza de Cepeda, mientras otra parte casi equivalente la rechaza y ve en Abelardo de la Espriella una alternativa. Por eso, no es serio asumir que la segunda vuelta está definida. Cepeda puede ganar, y si puede ganar, sus propuestas deben ser estudiadas con rigor.


En mi columna anterior analicé la propuesta de salud de Abelardo de la Espriella, texto que puede leerse AQUI


Ahora hice el mismo ejercicio con el programa de Iván Cepeda. Lo primero que encontré es que no está organizado como el de Abelardo en propuestas numeradas, con un capítulo exclusivo y claramente identificable para salud. El programa de Cepeda está compuesto por 55 capítulos, 11 temas y 421 páginas. La salud aparece dentro del eje de “Transformación Social”, no como una propuesta numerada independiente llamada “Salud”. En el índice oficial, el capítulo que más se aproxima a ese bloque es el numeral 28: “La Transformación Social de la Sociedad Colombiana”. Este dato no es menor: muestra lo poco puntual y disperso que puede resultar para el ciudadano encontrar propuestas concretas, delimitadas y evaluables sobre salud dentro de su programa.


La lectura de Cepeda sobre salud es fundamentalmente ideológica y estructural. Su diagnóstico parte de la crítica a la Ley 100 de 1993, a la cual atribuye la privatización del sistema, la mercantilización del derecho a la salud y la entrega de recursos públicos a intermediarios privados. En esa visión, el problema de fondo no sería solamente que algunas EPS hayan fallado, sino que el modelo mismo habría convertido la salud en negocio.


Hay verdades allí que no pueden negarse. Existen barreras de acceso, medicamentos no entregados, citas represadas, desigualdad territorial, corrupción y sufrimiento real de los pacientes. Pero, otra vez, aparece el mismo problema que ya vimos con otros candidatos y gobiernos: el diagnóstico puede tener elementos ciertos, pero el “cómo” sigue siendo insuficiente.


Cepeda propone fortalecer la ADRES como pagador único, recalcular la UPC, implementar un sistema único interoperable de información, desarrollar una atención primaria integral, territorializar el modelo, fortalecer la industria farmacéutica, crear una Comisión de la Verdad de la Salud y avanzar hacia una reforma estructural. Además, plantea un plan de choque de 100 días para adquirir medicamentos y atender citas, diagnósticos y tratamientos represados.


Todo eso puede sonar atractivo. ¿Quién podría oponerse a que haya medicamentos, citas oportunas, atención primaria y control de la corrupción? El problema es que Colombia no necesita solo buenos deseos ni consignas morales. Necesita ingeniería sanitaria, financiera y operativa.


No queda claro qué pasará con las EPS: si serán liquidadas, transformadas, reemplazadas o mantenidas con funciones reducidas. No queda claro cómo se evitará que un manejo más estatal reproduzca clientelismo, corrupción e ineficiencia. No queda claro cómo se financiará una UPC realmente suficiente. No queda claro cómo se pagará la deuda hospitalaria. No queda claro cómo se garantizará logística farmacéutica nacional sin crear nuevos cuellos de botella. No queda claro cómo se auditará el gasto con independencia real.


Finalmente tenemos dos candidatos en la recta final. Ninguno responde el CÓMO. Así las cosas, ninguno de los dos va a resolver de forma definitiva el problema de salud colombiana.


Colombia no necesita otra reforma escrita desde la rabia ideológica ni desde la defensa ciega de intereses privados. Necesita una propuesta seria, financiable, medible y ejecutable. Los médicos, los pacientes, los hospitales y las familias no pueden seguir siendo el campo de batalla de discursos políticos.


El problema de la salud ya está diagnosticado. Lo que sigue faltando, en la derecha y en la izquierda, es responder con seriedad la pregunta esencial: ¿cómo vamos a salvarla?

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

LOS “FARAONES” DEL SIGLO XXI

Entre el galanteo y la verdad

Salud en Colombia: el diagnóstico sobra, lo que falta es el tratamiento